el amor es el único y último recurso que nos queda para salir ilesas de la vida

EL AMOR ES EL ÚNICO Y ULTIMO RECURSO QUE NOS QUEDA PARA SALIR ILESOS DE LA VIDA

En mi casa había un libro. A decir verdad, había tres


Hay versos que se escriben cuando se han acabado las palabras.

viernes, 10 de diciembre de 2010

QUIEN AL TRONCO SALE

No tenía que hacer un gran esfuerzo para imaginarse cómo sería de mayor. Sólo tenía que mirar a su madre. Ahora eran idénticas, con las diferencias lógicas de los treinta años que las separaban; por eso, si quería figurarse como sería a la edad de sesenta años, cogía la foto de su madre o la invitaba a merendar para mirarla bien mientras ella comía deleitándose su palo de nata y sorbía su café con lujo y delicadeza exagerada.



Aquella tarde se habían citado para ir a la peluquería y compartían las manos de la peluquera que alternaba entre las dos cabezas dándole a cada una el mismo estilo aunque las dos llevaban peinados diferentes y distintos largos de pelo. Mientras ignoraba la conversación de la peluquera con su madre, analizaba sus gestos, sus mohines, la escuchaba y se daba cuenta de que a medida de que iba creciendo, llegaron a tener el mismo tono de voz, bien timbrada, si bien su madre hablaba sin descanso cantidad de inconsistencias y ella era más comedida, a veces excesivamente callada.
Se preguntó cómo sería dentro de otros treinta años.
Se preguntó como pensaría, como hablaría, qué vida llevaría cuando tuviera la edad que tiene ahora su madre. En definitiva se preguntó si se parecería a su madre cuando tuviera la edad que ella tiene ahora.
Se peinaría como ella, hablaría su jerga de mercado y televisión, seguiría sus pautas sociales. Odiaría a su marido o sentiría hacia él la misma indiferencia que su madre siente por el suyo, su propio padre.
La madre de Laura seguía hablando con la peluquera mientras Laura ajena a su conversación rompía a llorar amargamente, en silencio. Una cascada de lágrimas corría por sus mejillas y eran secadas al momento por la acción del secador encasquetado en su cabeza. Mientras la peluquera daba los últimos toques sobe el peinado de su madre, Laura admitía la delicadeza del cuerpo materno, su peinado elegante, el corte clásico de su falda, la perfecta armonía de sus dedos rematados por las largas y bien cuidadas uñas. Esperó que definitivamente su marido conservara su buen trabajo e incluso que siguiera ascendiendo, lo que le permitiría mantener el mismo nivel de vida que puede llevar su madre. Al fin y al cabo, ya que han de parecerse tanto físicamente…

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miércoles, 1 de diciembre de 2010

ÚLTIMA VELADA EN SOTIEL (Final)


--Éramos tan jóvenes…
Y tú dijiste, como si me hubieras escuchado.
--Quizás envejecimos demasiado pronto…
Aquella noche no bailamos. Tan solo hablamos con unos y con otros y reímos y saludamos a gente que hacía treinta y hasta cuarenta años que no habíamos vuelto a ver. Y rememoramos anécdotas gritándonos en los oídos o aprovechando los parones de la escandalosa orquesta. Aquella noche no se nos cayó la sorpresa de la cara. Se nos cayó la venda, eso sí. Porque de pronto nos vimos nuevos y distintos, inseparables, imposibles de comprender por separado el uno sin el otro. Podía haber sido así, pero no fue.
Aquella noche nos sonreímos cómplices comprendiendo que alguna vez hubiésemos estado enamorados, porque es fácil cuando se es feliz y cuando podemos sentirnos bien viendo a la gente hacer el indio mientras bailaban para despedirse, una vez más y hasta el año que viene, la insustituible pieza festiva de “Paquito el chocolatero”; después la pista se quedó vacía mientras se ponía en marcha nuevamente el trámite de la añoranza. Aquella noche se acabó lo que se daba. Todo viejo, pero todo nos parecía tan nuevo como el día que estaba comenzando.
Aquella noche nos quedamos en la casa en la que habíamos comenzado a ser mayores, de la que salimos un día de hace tantos años. Abrimos las ventanas y dejamos que corriera el aire y que el tiempo pasara con nosotros. No dormí. Creo que tú tampoco. Hablábamos por separado, susurrando, cada uno de nosotros con su propio fantasma.

FIN

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martes, 30 de noviembre de 2010

ÚLTIMA VELADA EN SOTIEL (2º Capítulo)



Fuimos hasta la casa y buscamos la llave donde la vecina, que fue la primera sorprendida al vernos. Volvimos al lugar donde se celebraba la “velada” cuando ya comenzaban a llegar algunos vecinos.
Pedimos dos cervezas, dos pepitos de lomo que estaban sabrosísimos, y lo degustamos entre besos y saludos a los que iban llegando, sin dejar de explicar por qué estábamos allí tan a deshora y sin aviso previo.
--¿Tan a deshora? –Bromeamos—Pero si son las doce y aún no ha llegado la orquesta…
El motivo por el que la fiesta nocturna comenzaba tan tarde se debía a que durante el día se habían sucedido los festejos y hasta las siete de la tarde no habían comenzado a recogerse los primeros que abandonaban la última actividad. Durante todo el día se habían celebrado campeonatos de futbito entre casadas y solteras, carreras de saco y otras agilidades divertidas y lúdicas; habían comido sardinas y chuletas y bebido cervezas bajo los árboles y el césped del parquecito, bien regado con abundante agua para el calor de los cuerpos ayudando a conciliar el calor extremo del mediodía de Julio. Ahora llegaban limpios y perfumados, vestidos para la fiesta seria y el baile de la noche, engalanados, como los integrantes de la orquesta que estaban dispuestos a reventarnos los tímpanos y deleitarnos con una repetición constante de su mínimo y movidito repertorio veraniego.
Era el mismo rito de todas las veladas anteriores, de todos los años. No había cambiado nada. Solo nosotros habíamos cambiado, nuestro atuendo, nuestra prisa o nuestra indolencia, nosotros y la forma de mirar que teníamos ahora, pero todo lo demás seguía igual. Además de ir disfrazados de gente mayor, de personas serias, más adustas o doloridas que cuando éramos jóvenes en este mismo lugar, nuestra risa que no se disfrazaba de ilusión, nuestra risa era hermética y responsable. Creo que a aquélla risa, aunque sincera, se le sumaba el dolor de las ausencias irremediables.
--María, tú crees que el tiempo envejece con nosotros?
--No te entiendo, Pedro, aquí hay que hablar a voces, no te oigo…
Cuando nos dimos cuenta aquella noche fue como volver treinta años atrás. De pronto estaban allí, como recién salidos de una urna transparente y lúcida, los rostros de todos los que nos fuimos quedando en el camino, como recién llegados, limpios y perfumados, como si solo hiciera varias horas que dejamos de vernos. Juanita, que a los quince años me quitó al amor de mi vida y a quien hubiese querido sacarle los ojos, de haber tenido redaños y de haber sabido que estaba más enamorada. Y Leonardo, que pasó veinte años escondido después de haberse hecho guardia civil y estar destinado en Bilbao. Nadie lo perseguía, pero la locura se engendró en su miedo y se metió en el psiquiátrico fingiendo que recibía amenazas terroristas. Nadie lo hubiese dicho del bueno de Leonardo, tan inocente y torpe, tan tímido y delicado. Primero que se decidiese a ser guardia civil, y después que aparentara locura para esconder su miedo.
Y allí estaban los hermanos Calatrava, fanfarrones y violentos, ridículos tras la fachada de cemento armado con barbas ralas de pelo canoso, dispuestos a seguir defendiendo su nombradía que aún no ostentaba crueldad alguna digna de mención, si antes no la inventaban.
Y allí estaba aquel espejismo con falda que me tuvo confundida tanto tiempo. De pronto me pareció estar viendo un desfile de fantasmas vestidos con traje de fiesta, para agradar a los amigos y gustarse a sí mismos. ¿Éramos los mismos? Y te pregunté.
--Pedro, ¿somos los mismos?
Y tu dijiste
--Habla más alto, que aquí no hay quien se entienda.
Y siguieron llegando otros. Aquél por el que estuve a punto de dejarte plantado una semana antes de casarnos. Lo miré y cuando logré reconocerlo te recordé a ti cuando veníamos de camino al pueblo y sonreías mientras conducías ensimismado en tus pensamientos. Quizás lo recordabas todo de golpe, quizás rememorabas estos momentos que estaban por llegar, tal vez los presentías. Y ella también estaba allí, y mientras la mirabas, por un momento hubiese querido saber lo que pensabas, pero solo por un momento. Ya no importaba nada.


Fin del segundo capítulo

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lunes, 29 de noviembre de 2010

ÚLTIMA VELADA EN SOTIEL (1ª PARTE)

No lo sabremos nunca, pero lo que nos empujó a cambiar un plan premeditado por otro que surgió espontáneamente, tuvo algo que ver con la teoría que dice que algo tenía que cambiar para que todo continuase como estaba.
--¿Nos vamos a la “velá” de Santana? –preguntó mi marido mientras se abrochaba el cinturón de seguridad
--¿Y por qué no a la de Sotiel? –Contesté con la misma espontaneidad sin pensar lo que vendría después.
--¡No eres capaz!
--Sí que lo soy, pero…
--Pero nada, en una hora estamos allí, solo hay que cambiar de carril y enfilar la salida hacia Huelva.
--Pero son las diez de la noche, cuando lleguemos serán más de las once, y es domingo, lo más natural será que hoy la fiesta termine antes porque la gente se recogeré temprano.
--¡No hagas cábalas innecesarias! ¿Nos vamos o no? –Aún estábamos a tiempo de cambiar todos los planes.
--¡Venga, vámonos! –Cuando contesté decidida, ya el coche enfilaba la salida a la autovía por la población de Gines. No había marcha atrás.
Habíamos salido con intención de ir al cine. En el interior del patio de la Diputación dan una sesión de cine todas las noches de verano y es agradable estar al fresco mientras ves una película, cenas algo o tomas unas cervezas. El cambio de planes surgió como un juego en el que creímos que ninguno de los dos entraría. Y así enfilamos la vía que iba casi solitaria mientras el sentido contrario bajaba cuajada de luces de los coches procedentes de las playas de de Huelva. La carretera era una serpiente llena de ojos encendidos.
--Cuando nos vean llegar van a pensar que estamos locos.
--Y tendrán razón si lo piensan. Estas cosas las hacen la gente con veinte o treinta años.
--No te creas eso. Estas cosas las hacen gente que no quiere vivir encuadrados en un molde.
--Pues hace tiempo que llevamos la marca del molde, porque ya no solemos hacer locuras ni como estas ni parecidas.
--¿Sigues pensando que es una locura irnos así al pueblo?
--No, no, de verdad… vamos, seguro que es divertido.
--¿Llevas las llaves de la casa? Por si nos apetece quedarnos…
No llevaba la llave de la casa porque no habíamos pensado ir hasta allí, pero recordé que siempre le dejábamos una copia a la vecina. De vez en cuando miraba a mi marido, su perfil concentrado en la conducción, y no dejaba de considerar aquello con su parte de riesgo. Salíamos a menudo, viajábamos, pero después de haber decidido qué hacer en cada ocasión y una vez que estaba todo planeado. Pero salir así sin premeditar el lugar y a una cierta distancia, de noche, sin avisar a nadie de nuestras intenciones, no dejaba de tener al menos un una cierta dosis de imprudencia.
Yo lo observaba de reojo mientras conducía, y le veía sonreír sin despegar los labios. Pensé que imaginaba lo que dirían los amigos y vecinos cuando nos vieran llegar y eso le causaba aquella ligera emoción seguro del desconcierto que estaba a punto de causar.
Llegamos pasadas las once y ni la noche ni la verbena habían comenzado aun. El lugar destinado para la fiesta estaba iluminado pero desierto. La pista de baile era un cuadrilátero enlosado y estaba recién regado, y el vaho que se desprendía de la unión del agua y el calor acumulado en el cemento subía hasta los techos de la memoria recordando efluvios que existieron y nunca se olvidaron por completo.

fin del PRIMER CAPÍTULO.

domingo, 28 de noviembre de 2010




ÚLTIMA VELADA EN SOTIEL



sábado, 27 de noviembre de 2010

UN DÍA DE LLUVIA



…Y llueve.
Con un cántico hermoso que la memoria ya ni recordaba, insistente y tenaz cae la lluvia ávida de tierras y pantanos, de verdores espesos, de caudales rabiosos, llueve…
…Llueve, pero no como en los viejos tiempos en que las estaciones eran cuatro y ninguna escatimaba su eficacia y cumplía a rajatabla su tiempo de trabajo y su hora holgazana. Llueve…
…Con imperiosa fuerza la tormenta me tiene acorralada, parapetada detrás de los cristales, y después, con suavidad de caricia embaucadora disminuye el torrente de su ira y llueve mansamente, y conmueve, hasta que al fin sus fuerzas se vienen agotadas sobre mí y sus gotas son como caricias suaves resbalando por los costados de la desgana, activando su carga y poniendo en marcha el engranaje de la felicidad. Todo está listo para comenzar de nuevo.
Y ya no llueve. Fue como una lluvia pasajera que permitió que se calmara el miedo, que descansara el alma y se aplacaran los latidos furiosos que golpeaban con fuerza el pecho, que, como un oleaje de mar embravecido, salpicaba el alma de sudores extraños.
Tuvo una vida breve la lluvia esta mañana. Cuando se fue pudimos ver los desastres causados por la tormenta; ahora solo queda hacerse cargo de los daños, reparar las paredes destrozadas y reforzar los tabiques del corazón por si a la lluvia le da por golpear de nuevo.

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domingo, 21 de noviembre de 2010

estos niños tambien existen

ESTOS NIÑOS EXISTEN Y SI NO LOS VEMOS ES PORQUE NO QUEREMOS VERLOS. ABRAMOS LOS OJOS DE UNA VEZ POR TODAS.



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jueves, 18 de noviembre de 2010

EL PERRO




--Vamos Sultán, vamos que te duermes…
A duras penas consigo que se ponga sobre sus cuatro patas y me siga. Nos soportamos. Nos compenetramos. Si no fuese por él yo no saldría. Y al revés, si no fuese porque yo sacudo su pereza se quedaría todo el día tirado sacudiendo el aire con el rabo. Como yo, ha comenzado a estar viejo y ha dejado de ser juguetón. Creo que tiene rarezas típicas de la edad avanzada y está impertinente como muchos ancianos. A veces se lo digo y creo que me entiende. Ya de vuelta a casa tiraba de mí y de la correa como si tuviese urgencia por llegar, como si algo inefable le esperara al llegar a casa.
Inesperadamente dio un tirón y la correa se soltó de mi mano desprevenida. Corrió enloquecido hacia adelante. Tal vez no quería hacer nada, sólo llegar, pero para la niña que venía de frente cogida de la mano de su padre, aquél animal corriendo extraviado --perturbado parecía--, por la acera, significaba el más feroz de los animales imaginado en sus infantiles selvas.
Sucedió todo con tanta rapidez que apenas pude darme cuenta de nada. Sólo después de un tiempo que a mí me pareció interminable, cuando llegaba a la altura de los dos y pude verles el miedo en la cara, llegué a sentirlo como si fuese mío.
En los ojos despavoridos de la niña brillaban aun los ojos enrojecidos de Sultán y sus dientes afilados asomando a su boca como un aullido en forma de puñal. La niña ahogaba un grito sin sonido, mientras su padre, en un gesto desesperado la cogía en volandas levantándola del suelo y encerrándola entre sus brazos. El perro siguió corriendo calle adelante ajeno a todo lo que había provocado.
No supe qué decirles. Miraba la ira en los ojos del hombre, el miedo en la niña aferrada al cuello del padre y supe que cualquier cosa que dijera carecería de importancia. Comprendí que el hombre me entendía cuando sintió mi silencio y me vio seguir calle abajo detrás del perro.
Cuando llegué ya él estaba allí, jadeando en la puerta de la casa esperando mi llegada. Las cuatro pezuñas clavadas en el suelo, arrogante, babeando, la lengua colgando de la boca, mirándome descarado y satisfecho de la proeza que había realizado. Inquisidor y desafiante parecía estar diciéndome “¿ves como no estoy viejo? Te gano a las carreras mientras que tú ya no puedes con tu alma.”
Le di la razón mientras lo odiaba con todas mis fuerzas. Se dio cuenta y desde entonces cada día repite un momento sublime como aquél. La última solución será devolverlo a la perrera.

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lunes, 15 de noviembre de 2010

AY AMOR, AY AMOR...



¡Ay amor, ay amor!... si supieras lo que voy a hacer, lo que estoy a punto de hacer lo entenderías. Creo que sí, si lo sabemos los dos, si ya lo sabes por cómo me miras, por como sé que me descubres cuando te estoy mirando, por esa súplica callada que veo en tu tristeza, por esa mirada apenada y llena de rabia que veo en tus ojos cuando te acerco la cuchara a la boca, cuando te sostengo para mudarte de lugar o cambiarte la ropa, cuando te vuelco sobre la cama, porque no puedo hacer otra cosa, cuando te cambio los pañales mientras sigues sonrojándote, una y otra vez te sonrojas como si después de cincuenta años casados y tres hijos, que yo pueda verte en ciertas actitudes pudiera ser algo inadecuado…y sigue dándote vergüenza. Nunca hemos necesitado decirnos mucho para entendernos.
¡Ay amor, ay amor…! No sé cómo hacerlo pero sé que lo que haga será un sufrimiento que padeceremos los dos. Los dos. Yo más que tú, yo más que tú, no sé…no sé cómo lo haré, Dios mío… Nadie lo entenderá, o sí, posiblemente alguien entienda lo que hago, pero es lo que menos me importa ahora, pensar en lo que pensarán los demás de mí. Dirán que soy un monstruo, alguien sin entrañas ni corazón… ¡Ay, si supieran…!
Bueno, manos a la obra. Seré esa alimaña que he de ser porque solo una alimaña podrá hacerlo… Aunque me pongo en el lugar de los demás y nadie podrá superar mi dolor.
Me puse a hacer todo lo que tenía planeado. Porque estas cosas requieren de una preparación. Más que unos utensilios, es necesario un pensamiento frío, una decisión firme. Me puse a hacerlo por tercera vez y me detuve de nuevo. Vuelta atrás y un sudor frío corriéndome por la espalda. Si me tomara un poco de alcohol, un poco de vino sería suficiente… No sé cómo lo haré, pero tengo que hacerlo hoy. Sobre todo que el pensamiento sea firme, que la decisión sea tan robusta que no pueda echarse atrás. Que la mente no dude. Sé que ella me ayudará, pero por mucho que lo intente no podrá poner la fuerza, sólo la intención. Y no sé si con eso será suficiente.
Ayúdame, María, ayúdame, mujer… ya sé que no puedes contestarme ni hacerlo, pero ya sabes que solo, sin tu ayuda no podré. Mírame al menos, dime que sigues con la misma idea, que no has cambiado, María, que esto es muy serio. Tengo que estar seguro y decidido, firmemente decidido, después me toca a mí y no sé si me quedaran fuerzas…




Me gustaría leer mañana los periódicos. Pero como sé que no podrá ser me imagino los titulares. Pero bueno, también son ganas las mías de andar pensando en eso. Mañana, como si a mí pudiera importarme lo que pasará mañana ni lo que digan los periódicos ni lo que diga nadie. Pero sí me gustaría saber lo que dirán nuestros hijos, ver sus caras, qué expresiones pondrán en sus caras, sus miradas atónitas, incrédulas… no serán capaces de creerlo cuando les den la noticia, cuando tengan que venir a certificarlo todo… ¿Te imaginas, María? Tres hijos que hemos parido y criado con tantos sacrificios… bueno, para qué pensarlo…Ya no hay vuelta atrás. Solo cuenta atrás. Y cada vez me cuesta más trabajo comenzarla.
Contemos hacia atrás, María, hagamos el camino a la inversa, recordemos los mejores días de nuestra vida… Yo le iba diciendo lo que tenía que hacer pero no era necesario porque ella conocía los movimientos, me ayudaba, los iniciaba incluso cuando me veía dudar. Con la debilidad de sus manos y la escasa fuerza de sus brazos empujaba mis manos hacia dentro haciendo presión sobre la almohada. Cerraba los ojos, yo también los cerraba, quería que todo pasara cuanto antes, sin darnos cuenta, pero era más difícil de lo que habíamos pensado y no teníamos fuerzas, yo flaqueaba, y cuando ella se daba cuenta hacía un movimiento y apretaba con sus manos hacia dentro para recordarme lo que estaba pendiente y para que yo no alargara más aquél momento.
Y yo pensaba en mí, quién me ayudará después a mí, cómo voy a hundirme la cara en la almohada, o a tener valor para clavarme el cuchillo o tirarme desde la terraza?
Y a pesar de todo lo que más me duele ¿sabes qué es? que mañana estaremos en las estadísticas, que serás una víctima más de machismo que nunca había puesto una queja ante las autoridades y yo un sucio marido desalmado, cobarde, que ni siquiera ha sido capaz de rematar la faena después de comenzada. Porque no seré capaz, María, te lo juro, ¿cómo voy a serlo si no he matado una mosca en mi vida?
¿Qué será de mí mañana, María, qué será de mí? Tú dejarás de sufrir, descansarás, y yo.., me meterán en la cárcel si me quedo vivo después de lo que intente? Porque algo intentaré, no sé si remataré la faena, pero creo que no lo lograré. Soy un cobarde, siempre lo he sido, siempre has sido tú quien ha llevado la voz cantante, quien ha puesto los puntos en las íes, quien ha educado a los niños… y quien los ha disculpado también, porque mira, mira como estamos, solos, abandonados, enfermos, tú impedida, yo muerto de miedo, y tres hijos por ahí que llaman de vez en cuando para saber cómo estamos.
Cómo estamos. ¿Cómo estás, María? Inmóvil en una cama, sin voz y casi ciega. ¿Y yo? Yo estoy bien, gracias. Ochenta y cuatro años, pero quién lo diría, ¿verdad? bien, bien. Por eso nuestros hijos confían en que sepamos arreglárnoslas solos.
Dijeron los de la asistencia social que la semana que viene nos llevarían a una residencia, dijeron hace más de dos meses, y no podemos más, no te quejas porque no puedes hablar, pero sé cómo lloras, cómo me miras, como me suplicas con la mirada. ¿Me oyes, María? No me entretengo más, ya voy, ya voy…
Ya voy María, ya voy. A rastras, pero voy… si tu pudieras ver cómo me siento… No importa que no me veas, lo sabes, lo sabes mejor que yo. Lo que no sabes es que va a ser de mí a partir de mañana, cuando me quede solo y solo sea un criminal confeso.
¡Ay María, ay mi María…!

sábado, 6 de noviembre de 2010

SOLO TU BOCA



Se han movido los cimientos de la tierra, los ríos se han partido en cientos de afluentes y han corrido buscando vertientes efímeras y lejanas y se han tragado el fuego los volcanes y han eructado espumas las gaviotas. Se han perdido cosechas importantes, han quedado expuestas las miserias de las minas, la noche se ha precipitado sobre el mundo y las montañas de rocas han escupido piedras. Todo ha quedado reducido a escombros.

Solo tu boca se salvó de la barbarie.

Corrimos despavoridos como locos buscando la salida. Las puertas se cerraron, la gente se pisaba enloquecida, los más malos juraban por sus muertos, meteoros salvajes, flechas envenenadas, idearios destrozados bajo bancos de cenizas, luciérnagas sin luces y flautas sin sonido, caracolas sin brisa, palabras como gritos, semáforos groseros y rayas amarillas. Escombros, más escombros y montones de muertos. Estiletes en las uñas y miedo en el asfalto. El mundo es un problema sin solución alguna. Las estatuas destrozan sus peanas, el caballo monta a su jinete y el cielo se pone boca abajo y escupe sobre el mundo y nos ensucia. Y cuando preguntamos nos responde con monedas manchadas. Y quien sabe la respuesta se la calla, quien no la sabe miente y habla, pero nada se ha salvado de la ruina. La tierra es un lugar inhabitable y hueco.

Todo ha quedado reducido a tu boca.

Solo tu boca me salvó de la barbarie

miércoles, 3 de noviembre de 2010

LA NOCHE DEL COMETA

Era una noche distinta y extraña aquélla noche, aunque parecida a todas las anteriores en el formato de calor insufrible y terco, con vaharadas de aire caliente que penetraba en los entresijos de los instintos. Habían pasado muchas noches entre ésta y aquélla otra que no consigue olvidar, pero no había sucedido nada digno de recordar; sólo que ella creyó morir, que su reloj, en muchos momentos, se paraba. Había subido la temperatura considerablemente, el cielo se veía altísimo, intensamente negro y estrellado. Había un brillo especial en las luces de la calle, un brillo salpicado de opacidad y hasta el silencio parecía estar expectante de algo inaudito que estaba por ocurrir.
Parecía reflexionar en la grandiosidad de aquélla noche cuando fijó los ojos en la bóveda inmensa, brillante y negra que se sostenía sobre el mundo, y se sintió pequeña hasta la enormidad, insignificante y nula. Pensó que el hombre no podría nunca ser tan perfecto como todo aquello. Y entonces fue cuando lo vio, mayestático y hermoso ante la nebulosa de su estela plateada.
Solo, errante, por los siglos de los siglos. Y supo que un hombre sólo, una mujer, solos bajo aquella noche, como estrellas sin luz y extraviados entre millones de estrellas, no son nadie, no son nada. Apenas dos migajas de una nada enorme, perdidos en una enorme soledad desértica.
Y sintió algo indescriptible en su interior, como si de pronto se reconociera en una edad lejana, cuando aún se sabía una romántica incorregible, cuando aún era rebelde y subversiva y guerreaba en las calles y portaba estandartes y gritaba consignas y se sentía capaz de cambiar el mundo y sus sistemas, porque sabía que vivían en un mundo imperfecto y soñaba con hacer otro maravilloso, como si de la nada de un sueño pudiera cambiar las cosas…



…Y comenzó a elevarse sin despegar los pies del suelo hasta alcanzar al cometa que la esperaba solo en la altura, en la bóveda estrellada y negra del firmamento.

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sábado, 30 de octubre de 2010

NO ES MI GUERRA




No es mi guerra. No es mi casa ni mi ciudad ni mi gente ni mi sangre ni mi dolor ni mi batalla. No es mi paz ni mi tregua ni mi día más gris ni mi rabia ni una señal de alarma ni mi miedo ni mi taza de té ni mi grito de auxilio ni una parada al borde del cansancio. No me intimida ni me perturba ni me descuida ni desazona mis pulsos acelerados. No marca mis horarios ni escribe mis discursos ni le pone el aceite a mis tostadas. No anda en mi camino ni se pierde en mis dudas ni aconseja mi rumbo cuando lo estoy perdiendo. Pero en algún momento se me queda mirando cuando cree que no lo advierto y rectifico toda mi jornada. Cambio el rumbo y desoigo los consejos, deshago el camino comenzado y le quito el aceite a las tostadas y le pongo la sal y todo se convierte en un milagro. Y entonces es mi guerra y despierta con ruidos mis mañanas y se queda a vivir en mi cueva y pasea sin prisas por mi sangre y se busca un hueco en mi dolor y lo amortigua y apaga las señales y enciende el faro para que solos, sin muchas disciplinas ni razones, boguemos despacito hasta su puerto.

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martes, 19 de octubre de 2010

UN DÍA DE LLUVIA

UN DIA DE LLUVIA LARGO TIEMPO ESPERADO

…Y llueve.
Con un cántico hermoso que la memoria ya ni recordaba, insistente y tenaz cae la lluvia ávida de tierras y pantanos, de verdores espesos, de caudales rabiosos, llueve…
…Llueve, pero no como en los viejos tiempos en que las estaciones eran cuatro y ninguna escatimaba su eficacia y cumplía a rajatabla su tiempo de trabajo y su hora holgazana. Llueve…
…Con imperiosa fuerza la tormenta me tiene acorralada, parapetada detrás de los cristales, y después, con suavidad de caricia embaucadora disminuye el torrente de su ira y llueve mansamente, y conmueve, hasta que al fin sus fuerzas se vienen agotadas sobre mí y sus gotas son como caricias suaves resbalando por los costados de la desgana, activando su carga y poniendo en marcha el engranaje. Todo está listo para comenzar de nuevo.
Y ya no llueve. Fue como una lluvia pasajera que permitió que se calmara el miedo, que descansara el alma y se aplacaran los latidos furiosos que golpeaban con fuerza el pecho, que, como un oleaje de mar embravecido, salpicaba el alma de sudores extraños.
Tuvo una vida breve la lluvia esta mañana. Cuando se fue pudimos ver los desastres causados por la tormenta; ahora solo queda hacerse cargo de los daños, reparar las paredes destrozadas y reforzar los tabiques del corazón por si a la lluvia le da por golpear de nuevo.

sábado, 16 de octubre de 2010

CARTA A DIOS --EPÍLOGO



No tuvo tiempo ni de arrepentirse de no haber pecado.
Cuando la entraron en la aséptica sala de aquél hospital de urgencias, su cuerpo era sólo un cuerpo desprovisto de todo, un fardo inerte chorreando sangre vencida y cubierto de sábanas que pretendían disimularlo todo. Lo único que le quedaba vivo era un hilo de miedo con el que se cosía las manos sobre el pecho.
El parte médico que recibí después era frío y escueto. Ella no era importante. Era alguien más sin importancia, sin historia, un número irrelevante que no decía nada. Podía pasarle de todo y parecer que estaba destinada a ello, que era algo lógico y natural. Motivo de la muerte: Una puñalada. Una sola. Vital. También es mala suerte…
Más tarde en los periódicos, leí: “El presunto asesino, esposo de la víctima, que responde a las iniciales A.B.C., ha ingresado en dependencias municipales, aunque podrá asistir al entierro de su esposa, al haber quedado en libertad por falta de pruebas fehacientes que lo impliquen en el asesinato”.
Y aquí se acabó la historia de esta mujer que me ha mareado con una carta extensa, haciendo una solicitud un tanto peregrina. Debeís estar más atentos a casos como éste e impedir que semejantes peticiones puedan llegar hasta mí, para ser entregadas en mano. Al próximo que se deje colar un caso parecido, lo hago colaborador activo y a perpetuidad de una ONG, para que aprenda. La palabra de Dios nunca es en vano.
Dios.
PD. No soy un Juez de guardia. Soy el Juez. No estoy para nadie hasta nuevo aviso.

CARTA A DIOS (Extensa misiva en tres capítulos) 3º.-


No es mi caso, pero muchas mujeres en mi situación se cuestionan seguir creyendo en Ti, y te lo digo con honda tristeza, Señor, no vayas a creer que no. Porque las colocas ante un lamentable estado de reflexión, del que solo consiguen caos y confusión. No te sientas cómplice del agresor sólo por haber sido el creador, el padre. Sé consciente de ese tremendo fallo que tuviste al principio de los tiempos y enmienda el error, porque equivocarse es de humanos, pero saber rectificar es de sabios, y Tú, por lo que se conoce y todos dicen, debes serlo, Señor. Y perdona la osadía y el atrevimiento de pretender darte un consejo. Es que no sé lo que digo con todos estos problemas, pero incluso sabiendo que no es correcta mi postura, me atrevo a no rectificar, porque me han engañado tantas veces, me han aconsejado en vano y mal tantas veces, que respecto a este intento también me temo que pueda resultar un fraude. Y precisamente en Ti concurren todas las circunstancias: la Judicial, la Social y la Divina.
Arregla esto, Dios, oye la voz de una descreída. Hazle una señal antes de que pierda todas las esperanzas. Antes de que yo, o cualquiera otra en mi lugar, sigamos teniendo miedo.
Para tu posible respuesta ya sabes mi dirección. En cualquier lugar del mundo, en cualquier bloque de pisos baratos, en alguna de las chabolas del cerco de las ciudades, en los sótanos y en las azoteas, en las casitas adosadas, en el campo y en la playa, en el camping y en el dúplex, en los chalets señoriales, entre grandes concentraciones humanas y entre soledades místicas, tal vez, ¡no!, seguro, en los palacios, en las grandes mansiones, donde quieras que dirijas la carta, allí estaré esperando. En todos los lugares hay una mujer que espera una respuesta. Una respuesta clara, sin tópicos ni convencionalismos sociales o doctrinales. Esto no es cuestión de fe. Es un tema de muerte y malos tratos.
No me defraudes ahora, cuando por una vez confío en Ti.
Espero tu respuesta, confiada

CARTA A DIOS. (Extensa misiva en tres capítulos) 2º.-


Por eso te pido ayuda y por eso no puedes seguir cerrando los ojos ignorando lo que pasa. Porque tú tendrás muchos hijos, pero yo sólo tengo dos. Y muchos de tus hijos no tendrán dificultades para vivir sin ti –de hecho, muchos viven toda su vida sin saber que existes, sin echarte de menos-, pero desgraciados de los míos si yo les falto, si el patán de su padre me mata un día de estos, como tiene avisado. La verdad, Dios, es que estoy muy confundida, tengo miedo porque me siento desprotegida. Si voy a la policía, salgo con la impresión de que no me han escuchado o es que mi caso es tan frecuente que se lo conocen de memoria y hay una denuncia estándar para todos los casos. Salen disparados si se produce un atraco en la sucursal del banco de la esquina, pero ante mi denuncia permanecen impávidos y rígidos, me oyen como si estuviesen escuchando llover en la estación de las lluvias, y me dicen que vuelva si se produce un nuevo altercado.
También los servicios sociales me ofrecen su ayuda, de hecho, en algunas ocasiones he utilizado sus servicios, incluso me han dejado dormir junto a mis hijos en el patio central del Ayuntamiento, en los bancos que hay para que la gente permanezca sentada en las largas esperas de sus solicitudes, pero a la mañana siguiente, cuando a mi marido se le ha pasado la borrachera y nos ha dejado entrar en la casa, todo ha vuelto a parecer normal, y es como yo digo, pan para hoy y hambre para mañana. Conozco una medida más contundente y drástica, una salida que de una vez por todas me abrirá las puertas de la libertad, pero un gran número de interrogantes me condicionan y me frenan a la hora de tomar decisiones. Nos matamos todos o espero que él nos aniquile. Sólo una de las dos soluciones será la que al final cierre el capítulo de mi vida.
En última instancia acudí al párroco. Y de nuevo espero que me perdones por considerarte en último recurso, como solución final. Pero creo que en cuestiones de pareja no debes entender mucho, Tú que estás solo. Además, creo que fuiste Tú quien estableció las reglas. Bueno, lo cierto es que acudí al párroco esperando de él algo más que consuelo y me rogó muy enérgicamente que me refugiara en Ti, que sólo en Tu compañía podría encontrar la paz que buscaba. Sinceramente, creo que no me entendió. No sé qué le cuentan las mujeres en el confesionario, pero yo fui a él con la cara descubierta, abierta y libremente pidiendo consejo, una línea de acción, una salida para mí y mis hijos, pero se comprende que entre sus funciones no están las de aconsejarme algo distinto que no sea ampararme en Ti y en tu doctrina.
“Busca protección en Dios -me dijo-, sólo la fe en Él te dará fuerzas y ánimos para continuar”.
Pero es que yo no quiero continuar, Dios. Yo quiero acabar con esta situación y nadie me da la solución y esto no acabará hasta que alguien resulte muerto. Por eso recurro a Ti directamente, sin intermediarios, sin curas pusilánimes que temen tus represalias si no cumplen lo que les has mandado. Dime, ¿qué puedo hacer, Dios? No tengo recursos ni trabajo ni sé bajo qué techo meterme con mis hijos si me voy de aquélla casa. Estoy tan desesperada que no me importa parecer una niña pequeña escribiendo la carta para los Reyes Magos, con la mayor ilusión esperando una respuesta.
¿Qué hago, Dios? Si ni aún con todas las fuerzas unidas apoyando la causa –la judicial, la social y la divina-, pueden protegerme, ¿qué debo esperar? ¿He de seguir temiendo, sufriendo la amenaza constante, el insulto humillante, la agresión verbal y física, el menosprecio, tal vez la muerte?

viernes, 15 de octubre de 2010

CARTA A DIOS (Extensa misiva en tres capítulos) Iº.-


¡Hola, Dios!
Perdona si no es ésta la forma más correcta de dirigirme a ti, pero desconozco cuál debe ser el tratamiento adecuado para tan alta Dignidad, y espero y deseo que seas el padre bondadoso y generoso que sabrá disculpar mi atrevimiento y mi ignorancia.
El motivo por el que me atrevo a distraer tu atención apartándote un instante de tu infinito letargo, es que… perdona, es que parece que no te enteras de nada, pero desde el diluvio para acá, las aguas no han vuelto nunca a su cauce. Con todos mis respetos, Señor, pero aquí están pasando cosas muy graves, cosas que parece que no tienen solución, que nos hacen dudar de tu misma influencia y de tu interés por poner al hombre al frente de tu creación. Cada día hay acontecimientos graves en todas las partes del mundo. Huracanes, terremotos, inundaciones, catástrofes horribles, un genocidio vil, una guerra cruel, aún a estas alturas hay epidemias sin erradicar, cientos y cientos de miles de muertes inocentes por hambre y desnutrición, por enfermedades que se esconden tras la apariencia de la perversión y del vicio, como si todos los hombres y todos los vicios no estuviesen contenidos en el mismo catálogo de publicidad que se distribuyó cuando creaste el mundo. En fin, y mañana será igual, en otro lugar habrá otra guerra y otro loco insensible pondrá el mundo boca abajo y hará que los niños entierren a sus muertos. Suceden cosas muy graves todos los días y en todas las partes del mundo, daños irreparables de los que Tú debes tener noticias, por mucho que disimules. Tragedias continuas que nos sobrecogen el ánimo y nos dejan indefensos y atónitos y nos hacen dudar de todo, Señor, y hasta consigue que deseemos repartirnos los daños colaterales de tus castigos divinos. Castigos que, por otra parte, nunca he podido comprender, con todos mis respetos, Señor, ni comprenderé nunca, por mucho que me esfuerce.
Y sin pretender hacer ningún tipo de comparaciones, sucede otra tragedia cotidiana que no es ni más ni menos cruel y violenta que una guerra o un desastre natural temporal e inevitable. Es algo que sucede todos los días y en todas las partes del mundo que causa tantas muertes y tanto dolor como la más grande de las iniquidades, como si el mismo rufián duplicado y multiplicado hasta el infinito tuviese la capacidad de estar al mismo tiempo en todos los rincones del planeta cometiendo las mismas fechorías. En cualquier punto del globo por aislado que sea, por remoto o pobre, por moderno y cosmopolita que sea. Y paradójicamente, mientras mayor es el desarrollo de los pueblos, con más frecuencia, virulencia y crueldad se produce el suceso.
Me estoy refriendo, Señor, al hecho más cotidianamente triste que sucede hoy en día. Al hecho de la violencia doméstica, de los malos tratos, la vejación, violación y asesinato de tantas mujeres. Me estoy refiriendo a la agresión efectuada por quiénes se suponen fuertes hacia los que tienen concedida por tradición la condición de débiles, por el simple hecho de ser mujer, niño o gente en general, físicamente desproporcionada a su agresor. Este hecho, Señor, es una guerra que no podemos localizar en un determinado punto del mapa. Es un genocidio que no efectúa un demente aislado que cada cierto tiempo aparece en algún lugar del mudo y cuando menos se le espera. Este hecho, Señor, se repite incesantemente, continuamente desde que el mundo es mundo y desde que a ti te dio la gana de convertirte en cómplice para justificar tu obra.

sábado, 9 de octubre de 2010

EL MIEDO



No era un fantasma quien surgió entre la niebla. Partiendo de la base de que no creo en la posibilidad de que los haya, aquella presencia surgida como por encanto de la espesura blanda que apretaba los troncos de los árboles, me causaba más inquietud y miedo precisamente por esa circunstancia. No era un fantasma, los fantasmas no existen, los muertos no vienen a perturbar los sueños de nadie. Trataba de justificar aquélla presencia, trataba de hacerla creíble al menos, de entenderla bajo los parámetros de la racionalidad. El silencio chirriaba y hacía crujir las ramas secas caídas que alfombraban el suelo. No eran mis pies, yo estaba detenida mirando quietamente, sudando miedo. Mientras aquella figura surgida de la nada de la profundidad del bosque, del silencio, fue creciendo y agarrotándose a mi cerebro, aferrándose a mis nervios, distorsionando la realidad y creando un inconmensurable miedo al que ya comencé a distinguir como a un fantasma.

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jueves, 7 de octubre de 2010

NO ES OTRA COSA LA VIDA



A esta hora y en el día de hoy, están pasando cerca muchas cosas. De repente el mundo ha cambiado de actividad y eso se nota cuando el silencio se ve interrumpido o cambian los ruidos a los que ya tenemos tan acostumbrados a los oídos que hemos dejado de escucharlos hace tiempo. Pasa todos los días a la misma hora, pero hoy especialmente me he detenido en ese detalle. Una mancha móvil y multicolor se acerca ruidosa por un lado de la calle y descubro en ella a los chiquillos que están saliendo de los colegios cercanos. Un grupo de albañiles detiene su faena y se sientan a la sombra, bajo los soportales de la calle, mientras van sacando bocadillos y botellas de agua y de cerveza de sus neveras portátiles azules y blancas. Por el olor que me llega es fácil adivinar que a alguien se le ha quemado el aceite en el que pensaba freír algún pescado o patatas. Imposible saber de quién se trata. La abuela Pepa pasea un perrito blanco de muchos pelos mientras le habla, le insiste en que haga sus necesidades, porque después ya no habrá remedio. La abuela Pepa, que sepamos no es abuela de nadie, pero es la abuela adoptada de toda la manzana, cuando no lleva a su perrito blanco por la calle, igual va hablando sola con su sombra, o sus espectros. Que para el caso a ella le da lo mismo. Una mujer con delantal y zapatillas de andar por casa se apresura hasta la tienda de la esquina. Seguramente olvidó comprar el pan. Cualquiera sabe a qué puede enfrentarse si no hay pan calentito en la mesa cuando llegue el marido fatigado de la obra, hambriento y deseando descargar su ira inaguantable sobre el más mínimo fallo. Aunque igual se lo inventa, y si no es por la falta de pan puede ser que el aceite se haya requemado y todo sepa a ajo frito.
No hay metáfora a este lado de la vida, ni posibles dobles lecturas en estas líneas sin argumentos. ¿Por qué hoy, precisamente, he venido a fijarme en que la vida sigue fiel a sus parámetros, y que eso que decimos que es la vulgaridad, la monotonía, la rutina, no es otra cosa más que la vida?

martes, 5 de octubre de 2010

MIS LIBROS Y YO (Breve historia en tres capítulos)



3.-

Con esta joya literaria metida en la mochila estuve detenida en una comisaría de Bilbao después de que la policía nos cogieran a unos cuantos que quedamos atrapados entre dos fuegos durante una manifestación contra el crimen que se iba a cometer unos días después de que se celebrara el consejo de guerra en Burgos. Aquella gente no sabía quién era León Felipe ni el contenido de la “Antología rota”. Gracias a la incultura me salvé. Este fue el libro que más veces he perdido cuando lo he prestado.
Más tarde llegaría la búsqueda insaciable de Rayuela. No sé por qué, pero mientras todo el mundo hablaba de ese título y de su autor, yo no conseguía tenerlo. Eso hizo sin duda que mi interés creciera y cuando al fin pude localizarlo en una librería de barrio, sobre un expositor vertical de libros de bolsillo, la emoción que sentí fue del todo indescriptible, así que lo dejo, sin intentarlo siquiera. Lo leí de corrido sin detenerme en nada, sin pretender entenderlo. Después, más lentamente, lo saboreé separando cada sabor y su contenido me hizo plantearme tantas cosas, que creo que desde entonces tuve una forma diferente de sentir y ver mi vida y mi entorno. A partir de entonces fui La Maga.
Por eso, por ser la maga, me atrapó cómo lo hizo desde el primer día y hasta el último aliento entre las hormigas, los cien años de soledad que nos trajo García Márquez. Ese sí ha sido el libro que más veces he leído. Pero entre aquellos tan lejanos y los últimos adquiridos en la plaza nueva, la diferencia es abismal. El número de ejemplares se multiplicó; pasé de no tener a no saber donde tenerlos; el afán se hizo casi enfermizo y crónico. Más que leer, es el gusto de tener, de saber que cuento con ellos, que están ahí, que me miran, que puedo tocarlos y amarlos, respetarlos y temerlos. A los libros se les teme también. Yo me figuro que un día me pedirán cuentas. Me preguntarán qué he aprendido, cómo los he mirado, de qué forma suplanté las personalidades de sus páginas, imité sus palabras o aprendí a sufrir con ellos. Me harán cientos de preguntas, me lo temo y lo deseo.
Yo les contestaré como es debido. Nunca se les ama demasiado, pero puse todo mi empeño en conseguirlo.


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MIS LIBROS Y YO (Breve historia en tres capítulos)

2.-

No puedo hacerme una idea de las veces que he tenido ese libro en las manos o lo he estado mirando, leyendo, pasando los dedos por su lomo frágil, teniendo en cuenta que lleva en mi poder casi cincuenta años. En realidad, era en el pasado cuando más disfrutaba de los libros. La poca disponibilidad de efectivo para adquirirlos y la ausencia de una biblioteca en la que poder satisfacer la necesidad de leer o de mirarlos me lo hacían ver de forma avariciosa y disfrutar más lo poco que tenía.
Todavía en plena penuria económica pero fuera del pueblo, sobre la margen izquierda del río, en plena Gran vía bilbaína, bajo la enorme mole de piedra ennegrecida y sobre el duro suelo adoquinado, una pequeña librería larga y oscura, atiborrada de lomos manoseados y en todos los colores, se convertiría en el santuario desde el que lograría tocar y adorar a los dioses que venían de ultramar escondidos en fardos de contrabando. Allí me atreví a pedir un libro del que alguien me había hablado. El librero me miró de arriba abajo y me reconoció desde dentro, como si solo mi apariencia le diese confianza, y se fió de mí de la forma más asombrosa, me llevó tras él por un oscuro pasillo, descorrió unas cortinas de cuero hecha jirones y bajamos desde una trampilla disimulada entre las láminas del suelo, por una escalera de caracol hasta un sótano iluminado sólo por una bombilla desnuda y pálida. Allí, en los cajones de madera, aparentemente desordenados, empaquetados aun, se amontonaban los libros que la editorial Losada, proveedora desde la Argentina de todo el caudal de exilio español, hacía llegar por todos los medios que podía tener a su alcance.
El hombre, después de una ligera búsqueda dio con lo que yo le había pedido. Y de momento tuve ante mí una joya que pocos se hubiesen atrevido a soñar que verían un día y podrían tocar viviendo en España en aquéllos años duros de dictadura. “La antología rota”, de León Felipe. Es posible que ya nadie o pocos sepan de qué va, de qué se trata, quien fue León Felipe o qué escribía. En una de sus páginas dice, por ejemplo:
“cuando Franco, el sapo iscariote y ladrón dijo que la guerra de España era una cruzada religiosa y que dios estaba con ellos, al poeta le entraron unas ganas terribles de blasfemar”.

MIS LIBROS Y YO. (Breve historia en tres capítúlos)

1.-

Mis libros y yo. Yo y mis libros, el yo de mi yo y los libros de mi pequeño mundo. Somos tal para cual: desordenados, caóticos, a medio hacer un poco, atolondrados, aventureros, ficticios, cobardes o arriesgados, un poco locos, mágicos, indecentes… Nos amamos y a veces hasta nos entendemos, y otras, por el contario, nos mostramos incapaces de soportarnos y nos alejamos con una pretendida altivez que hasta nos duele un poco en la conciencia. Nuestra relación es de dependencia, nuestro amor es para amarlo a cualquier hora.

Como si fuesen estigmas de los que no se borran, como las arrugas que se nos marcan en la piel o los vicios incuestionables, desde el primero hasta el último se han quedado ya para siempre conmigo. Como los hijos de antes o las piedras de los caminos por los que se transita poco. Quietos allí o viajando de mudanza en mudanza, soportando los trastornos de un viaje que no siempre nos llevó de vuelta.

El primer libro que me compré (mejor dicho, que me compraron) no fue un libro, sino una trilogía de más de 600 páginas cada uno. Lo guardo en la memoria y en los anaqueles. Veía su anuncio cada día en el periódico y di a mis padres toda la lata necesaria hasta conseguír que lo compraran. Era una compra a crédito y aún así costaba mucho trabajo hacer frente a los pagos cada mes. Recuerdo que el sueldo de mi padre era unos años más tarde de 260 pesetas a la semana. Pero se hacía lo posible para apartar el gasto del recibo que traía el cartero cada mes y que se hizo eterno. Los libros se titulaban “Un millón de muertos”, “Los cipreses cree en dios” y “Ha estallado la paz”. Y el autor, José María Gironella, un catalán amigo del régimen que debió vender más libros de aquélla colección que de todos los otros juntos que hubiese escrito en su vida. Yo era muy joven para aquél tipo de lecturas, pero me apasionaba el tema del que tenía una información detallada y dolorosa de una parte muy residual del bando de los vencidos. Mi madre era vehemente cuando contaba atrocidades, pero mientras leía aquéllas páginas parecía que me estaban contando batallas de otra guerra ocurrida en otro país. Menos mal que el tiempo y yo misma, pusimos las cosas en su lugar y le dimos a los nombres signos definitivos. El señor Gironella tal vez fue necesario en aquél momento, porque quizás más tarde no hubiese podido leerlo sin hacer un sacrificio enorme. Tuve capacidad para saber distinguir, evitar el daño que podrían hacerme, valorar y optar por algo libremente. Me quedé con los vencidos.

Desde el medio rural en el que vivía nos desplazábamos a otros pueblos importantes o a la capital para hacer compras, ir al médico o gestionar asuntos de distinta índole. Y en la primera ocasión en que viajé sola para hacer algunas compras, conseguí sisar lo suficiente para comprarme un libro, el primero que compré, sin posibilidad de elegir porque no había mucho donde hacerlo. Este se titula “Una chica de Lubeck”. No consigo recordar el nombre del autor, pero será un placer ahora que hablamos de ello, volver un día al pueblo y buscarlo entre los que se quedaron allí; posiblemente incluso se me ocurra buscar en Google el nombre de la ciudad, que se me antoja australiana. El hecho de elegir aquél libro fue una necesidad que sentí de pronto, saber si aquélla chica y las otras que aparecían en el texto eran como yo. En otras palabras, si yo, habitante de una diminuta e ignorada porción de tierra podría sentirme identificada con la chica de una ciudad grande, moderna, cosmopolita, como me figuraba que sería aquélla llamada Lubeck.

domingo, 3 de octubre de 2010

SOTIELEÑO



Sotieleño, acabas de descubrir este sitio, me sigues con ventaja porque sabes quien soy mientras yo mantengo la ignorancia. Me alegro de que sea así, pues el misterio ayuda a comprender las distancias. Y sobre todo porque siempre podré decir que tengo un amigo secreto con quien comparto temas en la ignorancia de su aspecto y su rostro, mientras sombreo de tonos apagados los contornos del no conocimiento; y nunca se da por enterado de las sospechas que suscita, aunque inevitablemente, cuando viajo allí estoy preguntándome si será este o será aquél, cuando me cruzo con alguien sospechoso de estar entre los afortunados de ser "el Sotieleño". Pocos hay que puedan pertenecer a tu silueta anónima, virtual e imaginada, y más difícil me lo pone el cada día más escaso conocimiento del vecindario; pero ya no busco, ya tan solo imagino, y creo que es mejor estacionar la mente y no seguir investigando.

El misterio es más bello cuando se sabe en un rincón romántico y me gusta saberte ahí, como las hojas que se conservan entre las páginas de un libro, que impregnan de su perfume todo el contorno. Siempre nos quedará internet, ¿verdad? Es un buen maná para los solitarios.

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BANDAS BLANCAS Y SONORAS (II)


Hay gente que camina de prisa, se les ve los pensamientos. Tropiezan unos contra otros. No se miran. Parecen autómatas movidos por resortes clavados en sus frentes. Gente solitaria y huraña que no sonríe nunca. Eso es lo que veo. Gente silenciosa que alguna vez hace el intento de huir de sí mismos, pero se queda estancada a la orilla de un deseo.

Recuerdo aquélla primera vez, el bing- bang de mis sentidos, la eclosión de las emociones más primarias. El deseo de estar y hacerme un hueco, de pertenecer a la gran marabunta, de presionar con los codos y empujar hacia dentro reclamando el derecho de estar en la jungla como otro cualquiera de la especie. Como si naciese hacia dentro, creo reconocer en la experiencia. Y entonces compruebo el rechazo, la absoluta y tremenda desconfianza que provoco y me inyectan, como si fueran primates de una especie enemiga. Les temo y me huyen. Hay una desconfianza previa y mutua que provocan mi huída. No aprendí a caminar entre ellos. Sentí desgarros y me dolieron mucho.

Eso es lo que vi. Ahora ya sé que nada es igual. En principio fue el impacto y la desesperación, la soledad, la frustración de mis expectativas. Desde la distancia y después de alguna vuelta esporádica comencé a darle humanidad a las estatuas pero sé que nunca viviría allí, porque estaría muriendo sabiendo que allí lo hago a cada momento. No la quiero, pero tampoco ella me quiere a mí. No es odio. Es otra cosa. Es una relación sin parentescos, sin nombre ni argumento. Si tengo que ir voy, a dar una vuelta, a visitae la exposición o a la familia, pero después marcho, rápida y contenta por marchar dejando atrás la ciudad por la que caminaré sin miedo.


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jueves, 30 de septiembre de 2010

BANDAS BLANCAS




Bandas blancas, rayas amarillas, silencio, soledad y caos, claustrofobia, imagen vertical del mundo, metamorfosis lineal, hierro y desesperación. Silencio, bulla, pasos, intimidación, catarsis, miedo. Calor. Frío. Indiferencia. Ojos cerrados, miradas ajenas, perdidas, ojos que miran sin ver nada más que un camino fijo y repetido. Escaleras empinadas, hierro forjado negro. Oficinas clandestinas, traficantes de sueños, desolación, tristeza. Máquinas, máquinas, máquinas. Prisa, ruido, indiferencia. Mundo subterráneo, superficies planas, kioscos de prensa, se vende, se vende, no compro, no vivo, no sueño, me voy, me quedo, quiero trabajo, había una promesa, silencio, tardo, llego tarde. Llego. Caminos blancos, duros, asfalto y margaritas. Casas de noches nacientes. Oscuridad iluminada de rayos, ruido, confusión, pasos acelerados, pasos cortos y precipitados, zancadas de avestruz, caminos de asfalto, suciedad, luz, oscilación, dudas, decisiones, me voy, termino. No. Me quedo.

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miércoles, 29 de septiembre de 2010

NO ES MI GUERRA



No es mi guerra. No es mi casa ni mi ciudad ni mi gente ni mi sangre ni mi dolor ni mi batalla. No es mi paz ni mi tregua ni mi día más gris ni mi rabia ni una señal de alarma ni mi miedo ni mi taza de té ni mi grito de auxilio ni una parada al borde del cansancio. No me intimida ni me perturba ni me descuida ni desazona mis pulsos acelerados. No marca mis horarios ni escribe mis discursos ni le pone el aceite a mis tostadas. No anda en mi camino ni se pierde en mis dudas ni aconseja mi rumbo cuando lo estoy perdiendo. Pero en algún momento se me queda mirando cuando cree que no lo advierto y rectifico toda mi jornada. Cambio el rumbo y desoigo los consejos, deshago el camino comenzado y le quito el aceite a las tostadas y le pongo la sal y todo se convierte en un milagro. Y entonces es mi guerra y despierta con ruidos mis mañanas y se queda a vivir en mi cueva y pasea sin prisas por mi sangre y se busca un hueco en mi dolor y lo amortigua y apaga las señales y enciende el faro para que solos, sin muchas disciplinas ni razones, boguemos despacito hasta su puerto.


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lunes, 27 de septiembre de 2010

LA NOCHE DEL COMETA.



LA NOCHE DEL COMETA (1ª)



Al pasar ante el espejo se miró y sonrió como una costumbre, sin darse apenas cuenta de lo que hacía. Efectuó un rápido reconocimiento sin detenerse en detalles, rutinario, ineficaz y absurdo.
Ni siquiera se veía reflejada en el bulto amorfo y desigual que contemplaba el espejo del pasillo. Pero si hubiese tenido necesidad de verse no se habría reconocido en la mirada perdida y sin brillo que le devolvió el cristal.
Si se hubiese dedicado un minuto más de tiempo, si hubiese tenido un poco de generosidad al contemplarse, si supiera lo que iba a hacer después de cruzar el umbral, habría tenido oportunidad de verse como en realidad era. Tal vez se hubiese detenido a tiempo.

Pero como siempre, se ignoró por completo. Así no pudo ver que la imagen real que contemplaba el espejo no era en absoluto la que ella se figuraba lucir cuando, sin verse, sólo se imaginaba ser lo que quería

LA NOCHE DEL COMETA



Epílogo


Era una noche distinta y extraña aquélla noche, aunque parecida a todas las anteriores en el formato de calor insufrible y terco, con vaharadas de aire caliente que penetraba en los entresijos de los instintos. Habían pasado muchas noches entre ésta y aquélla otra que no consigue olvidar, pero no había sucedido nada digno de recordar; sólo que ella creyó morir, que su reloj, en muchos momentos, se paraba. Había subido la temperatura considerablemente, el cielo se veía altísimo, intensamente negro y estrellado. Había un brillo especial en las luces de la calle, un brillo salpicado de opacidad y hasta el silencio parecía estar expectante de algo inaudito que estaba por ocurrir.
Parecía reflexionar en la grandiosidad de aquélla noche cuando fijó los ojos en la bóveda inmensa, brillante y negra que se sostenía sobre el mundo, y se sintió pequeña hasta la enormidad, insignificante y nula. Pensó que el hombre no podría nunca ser tan perfecto como todo aquello. Y entonces fue cuando lo vio, mayestático y hermoso ante la nebulosa de su estela plateada.
Solo, errante, por los siglos de los siglos. Y supo que un hombre sólo, una mujer, solos bajo aquella noche, como estrellas sin luz y extraviados entre millones de estrellas, no son nadie, no son nada. Apenas dos migajas de una nada enorme, perdidos en una enorme soledad desértica.
Y sintió algo indescriptible en su interior, como si de pronto se reconociera en una edad lejana, cuando aún se sabía una romántica incorregible, cuando aún era rebelde y subversiva y guerreaba en las calles y portaba estandartes y gritaba consignas y se sentía capaz de cambiar el mundo y sus sistemas, porque sabía que vivían en un mundo imperfecto y soñaba con hacer otro maravilloso, como si de la nada de un sueño pudiera cambiar las cosas…





…Y comenzó a elevarse sin despegar los pies del suelo hasta alcanzar al cometa que la esperaba solo en la altura, en la bóveda estrellada y negra del firmamento.

domingo, 26 de septiembre de 2010

LOS RUIDOS DEL SILENCIO



Cuando no hay otros ruidos que los del silencio, todo cruje en la vieja casa.
Parece que los muebles se quiebran y se quejan con la debilidad de una tos de viejo con los pulmones como piñones y negros de nicotina.
Y las paredes estallan, se agrietan doloridas de soportar tantos años la misma silueta, erguida pero destartalada.
Cuando no hay otros ruidos que los del silencio, solo los fantasmas se atreven a hacerme compañía.
Ellos son los que provocan que el silencio se rompa con los débiles quejidos de los viejos enseres en la destartalada mansión que me habita.

EL TREN. (lA LIBERTAD, EL SUEÑO. EL REFUGIO)


Me siento a mirar desde la acera cómo los pasajeros van marcando el paso camino de la estación, con prisas o indolencia, dependiendo del horario en su reloj, del tiempo que le queda para la partida. La estación queda cerca. Apenas veinte pasos y comienza la rampa de acceso y después de aquello, la libertad. El sueño. O el refugio.
Yo una vez perdí el tren. Lo vi alejarse y creí que me huía, que no quería entretenerse en subir conmigo cuesta alguna. Después secundé a menudo aquél acto de verlos pasar sin insistir en subirme a ellos, pensando que así burlaba la espera de los trenes y de paso me vengaba de ellos por aquélla vez que me dejaron en tierra, agitando un pañuelo de desesperanza.

martes, 21 de septiembre de 2010

UNA TEORÍA SIN DOCUMENTAR





No necesariamente hemos de tener la teoría desarrollada sobre un tema concreto para hablar sobre ella, exponerla o al menos tratar de llegar a un convencimiento a favor o en contra sobre los principios que decimos mantener.
Jamás me había encontrado pensando en esto que expongo. Nunca se me habría ocurrido plantearme un pensamiento así. Pero ayer, mientras esperaba turno en la consulta del dentista, podía escuchar perfectamente lo que un hombre le decía a otro en voz muy baja, suficiente para ser escuchado por mí. El resto de personas presentes en la sala guardábamos silencio y esto favorecía la perfecta audición de la conversación ajena. En resumen, uno de ellos exponía ante el otro su pensamiento, que no era otro que el convencimiento de que entre los gitanos, los hombres y mujeres de etnia gitana, existía un acuerdo secreto, un pacto, un compromiso no firmado pero escrito en sus leyes, por el que cualquier criatura nacida con una tara física evidente, era inmediatamente eliminado. “No hay registros de sus nacimientos, -decía el hombre- sus mujeres no acuden a los médicos ni a los hospitales a menos que tengan problemas muy graves de salud, siguen dando a luz en el interior de sus caravanas o en sus chozas, en los asentamientos, rodeada de las mujeres viejas de la comunidad que hacen las veces de matronas.”
Yo estaba cada vez más escandalizada, pero hundía la cara en la revista que tenía ante los ojos y no me atrevía a mirar a los demás por temor a que ellos estuviesen en mi misma situación y solo necesitaran mi gesto para intervenir. Aquél hombre estaba diciendo cosas muy graves y sus palabras podían ser motivo a una discusión, si alguno de los presentes se decidía a rebatir sus teorías y plantarle cara. Cosa que no me explico cómo no había sucedido todavía. Evidentemente no se trataba una cuestión entre distintos equipos de fútbol, si no, otro gallo hubiese cantado. Seguía fingiendo mirar mi revista, pero mis oídos estaban atentos a las palabras inéditas que este hombre seguía volcando sobre la cercanía de la oreja del amigo.
El otro no opinaba, pero movía la cabeza admitiendo todo lo que decía su amigo. Se mantenía en una actitud reflexiva, pero asentía continuamente con la cabeza, por lo que se entendía que daba por buenas sus palabras, las aceptaba, o al menos no había necesidad de discrepancia. Yo, cada vez más nerviosa, deseaba que la enfermera los avisase cuanto antes. Me conozco bien y sabía que estaba aguantando demasiado tiempo callada.
Pero la enfermera no aparecía para llamar a nadie y este energúmeno seguía agitando su palabrería, encendiendo la oreja del compañero. Por la capacidad de discurrir rápido y exponer sus ideas con argumentos precisos, daba a entender que tenía el tema muy bien aprendido, que había hecho un extenso discurso sobre la materia, con un discernimiento claro y coherente, con el que se podía estar de acuerdo o no, pero que evidenciaba un claro ejemplo de estudio sociológico en el que al parecer se había empeñado con todo su interés. Seguramente tenía establecidas las bases firmes para dar una extensa conferencia.
Seguía argumentando en estos términos, más o menos:
--…Es que, si te fijas, puede que alguno sea feo, si, pero has visto a muchos cojos? Gitanos cojos, o paralíticos o lisiados de nacimiento no verás a ninguno. Ni ciego. ¡Es que no los hay! –enfatizaba, poniendo todo el ardor de su voz susurrante, silabando y marcando correctamente cada palabra para que pudiera comprenderle bien. Y siguió diciendo:
-- Yo creo que antes de que Hitler inventara aquello de la limpieza étnica, ya los gitanos sabían lo que era cernir la descendencia…
Las barbaridades crecían de intensidad y la voz se le subía de volumen, debido sin duda a la excitación de su argumento. Yo estaba cada vez más encendida y la enfermera no venía a llevarse a nadie. Me planteé salir de la sala, irme y perder la cita, pero mi dentadura no podía permitirse el lujo de otro abandono. Tampoco mi moral, mi ética, mis propios convencimientos estaban por la labor de abandonar la lucha sin entrar en la batalla. ¿Pero cómo hacer para meter baza en aquélla conversación que no iba conmigo? Me preguntaba por qué callaban todos los demás. Se estaban enterando de todo, igual que yo. ¿No sentían nada por dentro? Cerré la revista de golpe y me encontré mirando fijamente al que hablaba, pero ni una palabra salió de mi boca, como si me hubiesen cerrado los resortes que ponen en marcha la voz y la lengua. Pero de pronto me encontré preguntando algo que no esperaba decir nunca.
¿Entonces entre los gitanos no hay subnormales? ¿Está usted seguro?
Y el individuo aquel estaba deseando que alguien metiera baza en el asunto.
--Subnormales profundos, no, no los hay. Cualquiera que haya nacido con un problema mental grave no ha vivido para contarlo.
-- ¿Pero usted como lo sabe? –Yo preguntaba sin indignación, con curiosidad, como si me hubiese convencido y esperase nuevas aportaciones que ratificasen sus teorías-- ¿Havivido usted en sus campamento? ¿Y cómo pueden saber ellos que un niño va a salir ciego o subnormal?
-- No, no he vivido en sus campamentos. Y lo sé porque es muy fácil: un niño con síndrome de Dow es reconocible desde el primer momento. A ese no lo conoce ni la madre. Llevo cincuenta años estudiando esa circunstancia
-- ¿Cómo puede hablar así? Lo que está diciendo es muy grave.
-- Porque lo tengo todo muy estudiado, pero tampoco quiero convencerlo a usted ni a nadie.
Me callé. El tipo siguió dirigiéndose al otro en voz baja y yo miré a los demás de forma involuntaria, y me di cuenta de que no habían perdido detalle, aunque no sabría decir si realmente estaban interesados en el tema o pasaban absolutamente de él. No era posible que entre los seis presentes en la sala, fuese yo la única interesada en aquélla conversación que abordaba un tema tan extraño, pero no vi indicios de que fuese al contrario.
Cuando salí a la calle, todavía mareada y bajo los efectos de la anestesia bucal, sin terminar de acostúmbrame a aquella sensación de tener solo media cara, me encontré buscando entre los transeúntes rostros agitanados, gente que aparentemente tuviese algo que ver con la raza para tratar de descubrirle una tara visible que afeara su cuerpo o su rostro.
Después me encontré paseando por mercadillos, poblados, asentamientos gitanos, lugares que conservaban restos tribales en donde la etnia pudiera mostrar sin ningún tipo de pudor a toda la prole jugando alrededor de una charca de aguas estancadas. Los niños corrían medio desnudos aunque hacía frío, los hombres se agrupaban en racimos fumando y mirándome desconfiados, las mujeres arrojaban el agua sucia de las palanganas salpicándome de barro, indiferentes y con semblantes aburridos. Después me iba y escribía en un diario el resultado de la búsqueda.
“Hoy no hallé nada. Todo es correcto. Ni cojos ni mancos ni tuertos ni locos. Niños sanos y mujeres grasientas, de carnes gordas y apretadas. Hombres de aspectos recios, morenos y fuertes. Alguno algo fumado, pero nada más. Seguiré buscando.”


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EL EXPERIMENTO

Ha habido ocasiones, en las que por la distancia y situación en la que nos vemos dos personas que caminamos, por la longitud y la frecuencia de nuestros pasos, sabemos que uno de los dos ha de detenerse para ceder el paso a la otra, pues de no hacerlo así se produciría un choque entre los dos, y sería inevitable.

No es la primera vez que pasa. Yo voy de frente y otro camina por mi derecha, y antes de llegar a la confluencia del camino, o a la esquina tras la que alguien desaparece, uno tiene que pararse para que el otro pueda continuar. No hay una señal que establezca la prioridad. Solo hay la atención y el respeto que la gente se merece en la calle. Y parece ser que sólo yo conozco mis principios. Me detengo para que dos chicas que vienen por el costado izquierdo no tropiecen conmigo o me arrollen sin más, porque ellas no parecen querer interrumpir su camino, ni cambiar el paso ni modificarlo. Me pregunto si han llegado a verme y me digo que no, porque prefiero decirme eso que creer lo que es en definitiva. Que no les importa nada.

Hoy no he parado. He visto que si alguien no modificaba su paso el tropezón sería inevitable. Y estoy segura de que la otra persona también era consciente de ello. He esperado, creyendo que la otra pararía y me dejaría pasar. He creído que lo haría por varias razones, entre otras, porque soy mayor que ella, porque voy cargada con dos bolsas de compra y en una de las manos además llevo un paraguas abierto porque está lloviendo y temo mojarme. Y porque ya es hora de que el ser humano vuelva a demostrar delicadeza, sentido común, amor al otro. Mierda para mí.

Estaba viendo el porrazo que se iba a originar. Para demostrarme que no estaba viendo lo que iba a pasar, procuré fingirme aturdida por la carga, la lluvia, la incomodidad de mi calzado. Así, una vez que se produjera el encontronazo yo estaría disculpada por no haber estado atenta. ¡A ver, entonces, que decía la otra!

La otra simplemente esperó a que yo la hubiese visto llegar y me detuviera antes para evitar el encontronazo que finalmente se produjo, porque yo, fiel a mis razonamientos, me mantuve firme en mi propósito y no me aparté. Pero me torcí un tobillo. Se rompieron varios huevos de una de las bolsas, se estrujó la lechuga que iba bien fresquita, y parte de la carga de otra se derramó por la acera, simplemente.

La chica siguió adelante. Ni pidió disculpas ni esperó a que yo se las diera o las pidiera a mi vez. Como si no hubiese pasado nada, siguió su camino mascando chicle, hablando con alguien invisible que se mantenía oculto tras su oreja, me miró como si no me viera y ajena a cuanto había sucedido. Nada iba con ella. Creo que ni siquiera sintió el golpe. Es posible que ni siquiera me viese a mí caída en la acera y sujetándome el tobillo, dolorida.

Pero era imposible porque otras personas sí me vieron y yo misma me veía en el escaparate de la panadería que estaba a la derecha y podía comprobar la cara de tonta que se me había quedado. Yo tampoco me dediqué a sacar conclusiones. ¿Para qué? Pero ya no volvería a experimentar de nuevo, de eso estaba segura.

domingo, 19 de septiembre de 2010

ALGUNAS VOLUNTADES



Levantarse temprano, como antes, despertar a los trinos, husmear en los nidos de cigüeñas y correr tras el viento, a ras del viento, persiguiendo estrellas en un campo sembrado de patatas.
Sonreír tal vez por vez primera durante el día y tomar un café negro y bien cargado rebosante de aroma y en la única compañía de una sombra amistosa.
Sonreír tal vez por vez primera durante el día y tomar un café negro y bien cargado rebosante de aroma y en la única compañía de una sombra amistosa.
Duplicar los deseos, por si acaso…
Me llevarás de la mano como a una niña chica que necesita atenciones y sentirse segura para iniciar sus pasos y me dejaré llevar porque seré como una hoja seca y sin voluntad aunque tal vez ande añorando algo que no acierto a comprender de qué se trata…

viernes, 17 de septiembre de 2010

UN DÍA DE LLUVIA

UN DÍA DE LLUVIA LARGO TIEMPO ESPERADO

…Llueve, pero no como en los viejos tiempos en que las estaciones eran cuatro y ninguna escatimaba su eficacia y cumplía a rajatabla su tiempo de trabajo y su hora holgazana. Llueve…







…Y llueve.
Con un cántico hermoso que la memoria ya ni recordaba, insistente y tenaz cae la lluvia ávida de tierras y pantanos, de verdores espesos, de caudales rabiosos, llueve…

…Con imperiosa fuerza la tormenta me tiene acorralada, parapetada detrás de los cristales, y después, con suavidad de caricia embaucadora disminuye el torrente de su ira y llueve mansamente, y conmueve, hasta que al fin sus fuerzas se vienen agotadas sobre mí y sus gotas son como caricias suaves resbalando por los costados de la desgana, activando su carga y poniendo en marcha el engranaje. Todo está listo para comenzar de nuevo.
Y ya no llueve. Fue como una lluvia pasajera que permitió que se calmara el miedo, que descansara el alma y se aplacaran los latidos furiosos que golpeaban con fuerza el pecho, que, como un oleaje de mar embravecido, salpicaba el alma de sudores extraños.
Tuvo una vida breve la lluvia esta mañana. Cuando se fue pudimos ver los desastres causados por la tormenta; ahora solo queda hacerse cargo de los daños, reparar las paredes destrozadas y reforzar los tabiques del corazón por si a la lluvia le da por golpear de nuevo.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

LAS REDES SOCIALES



Yo no tengo amigos a docenas, ni por miles, ni siquiera se pueden contar con los dedos de una mano. Amigos, en la acepción más extensa de la palabra, claro. Amigos de quita y pon, de saludos más o menos cordiales, sí, de esos hay algunos más, pero a estos no podemos llamarlos amigos con todas las letras. Se les llama amigos de forma condescendiente, pero hay que saber que las palabras “amigo”, “amistad”, encierra demasiado como para poder otorgársela a todos los que decimos tener o nos tienen.
Los amigos somos gente honrada. No nos tenemos nada que ocultar. A veces hasta nos sinceramos a base de estupideces porque nuestros amigos nos aguantan. También nosotros aguantamos a nuestros amigos aunque suelten estupideces de vez en cuando.
Lo cierto es que ser amiga de alguien, tal como yo lo entiendo, es muy difícil, harto complicado. Y en estas redes sociales, las amistades se crean como las malas hierbas, con rapidez e indiscriminadamente. Hay quien se jacta de tener cuatro mil amigos en facebook, y lo cierto es que la cifra es importante. Y yo envidio a la gente que es capaz de tener tantos amigos. Yo, como Roberto Carlos, quisiera tener un millón de amigos y todos juntos poder cantar. Pero no tengo nada más que unos cuantos y de esos cuantos, solo media docena, más o menos, son mis amigos. ¿Qué hago con el resto? si apenas los veo, si no los conozco, si no los entiendo, si casi nunca nos saludamos, si pasamos de largo al vernos, si ni siquiera entienden mi forma de razonar (si conocieran mis razonamientos), ¿para qué los mantengo ahí? No cuestan nada, es cierto, pero están representando algo, quieren decir algo, sin embargo eso que dicen y representan no tiene nada que ver con la palabra tan hermosa y tan simple, como es la palabra “amigo”.
Cuando le pedimos a alguno de los que están ahí que sean nuestros “amigos”, parece que estamos jugando en el jardín de infancia. “¿Quieres ser mi amigo?” Si nos da la espalda mientras nos ignora, pensamos, “¡Allá él/ella, él/ella se lo pierde!” Si nos acepta nos sentimos felices, igual que los niños cuando están jugando y se llevan al recién llegado a jugar en su cuadrilla. ¡Menudo triunfo!
Yo también he jugado a llevarme a los amigos de otros, al último que entró en el pabellón de los torpes, al más listo de la clase y al primero de la fila. ¿Pero que hago con ellos después de ver que mis signos astrales y los suyos no se corresponden, que mis ideas políticas y sociales son tan diferentes de las suyas, que somos antagonistas y que por nada del mundo nuestros mundos van a acercarse? Uff, que decepcionante.
Los mundos virtuales, como los reales, han de estar sostenidos sobre las bases de una diferencia que la relación hace casi inexistente, de una amistad que solo se basa en la confianza mutua, de un comportamiento que no se puede deslucir por la simpleza de un razonamiento ambiguo. Es muy difícil mantener este asunto de forma clara en un mundo real, así que en el otro figurativo de las imaginaciones, podemos darlo todo casi por perdido.
Yo aun quisiera saber porqué en internet las cosa son tan diferentes. Sigo esperando una explicación. Pero ya dije en un momento dado que mi reino no es de este mundo. Sin duda es fabuloso, pero me sigue interesando más la gente de carne y hueso. Y los mundos virtuales los dejo para aquélla película tan chula, que hace pocos días, además, vi de nuevo en TCM, “Días extraños”. Me apasiona el tema por lo que tiene de extraño, pero para dar pellizcos prefiero la carne humana.

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domingo, 12 de septiembre de 2010

EL SUEÑO DEL 10.9


Un sueño es algo más que una simple confusión onírica.

Cuando me despertaba esta mañana soñaba algo tan irreal como imposible. ¿Una cosa puede ser irreal y al mismo tiempo posible? ¿Es irreal para un humano y posible para la naturaleza? Un arco iris, una aurora boreal, son cosas que parecen irreales, lo son desde el punto de vista de nuestra simple capacidad de observación, pero son posibles para la naturaleza que los realiza. Del mismo modo algo puede ser posible e irreal. Posible para el sueño; irreal para quien lo sueña.

Pues algo así sucedía en el sueño que tenía al despertar. Era tan sorprendente y al mismo tiempo parecía tan real, que estuve durante horas muy irritada y visiblemente furiosa.
Había mucha gente en una habitación, al parecer se trataba de un velatorio -velorio que dicen por ahí-, y todos estaban sentados en sillas o sofás y tenían caras entristecidas, guardaban un gesto compungido, por lo que deduzco que el muerto debía ser querido. O era solo un paripé propio de los velatorios, y el muerto debía ser un vecino, ya que a todos los presentes nos unía el mismo vínculo de orden vecinal, y no creo que todos tuviésemos que sufrir el mismo dolor por el difunto. Presumiblemente fingíamos la tristeza. No sé quien era el muerto, ni siquiera sé que hubiese un muerto, aunque lo sospechara.
En un momento determinado mi marido se incorpora muy decidido de su asiento y toma en brazos a una señora sujetándola por debajo de los muslos y por encima de la cintura, con la resolución digna de un príncipe y la soltura de una pluma. Debo decir que mi marido es obeso, apenas puede moverse con dificultad y el simple hecho de levantarse del sofá debería haber sido un ejercicio casi imposible, y la señora debía pesar al menos noventa kilos de grasa mas tres o cuatro de joyas colgadas y adheridas a sus manos. Pero a pesar de ello lleva a la vecina en brazos con absoluta ligereza, abre el picaporte de una puerta que está cerrada ayudándose de la mano que está bajo los muslos de la mujer, entran en la habitación y cierra la puerta de una patada.
Después del primer momento de estupor salgo de él y abro la puerta por la que han desaparecido, y ya mi marido está sobre la señora, como si se dispusiera a hacer una tabla de abdominales, y ella muy tiesa tendida en la cama, muy formal y complaciente, y ni se inmuta cuando me ve entrar. Mi marido me mira sin demostrar sorpresa, con absoluta indiferencia, y mientras comienza a desmontarse de la señora tiesa y gorda, va diciendo como si hablara con la pared,
--Nada, aquí a echar un polvete a la señora Teresa.

Justo en ese momento me despierto. No salgo de mi confusión. Es todo tan real, parece tan verdadero y al mismo tiempo tan absurdo, tan fuera de la racionalidad, tan desquiciante, que termino riendo pero aún sin terminar de convencerme de que todo sea un sueño. Pongo la radio como hago cada mañana y está hablando Zapatero, contestando a las preguntas de unos periodistas que le atacan ordenadamente. Meneo la cabeza resignada. Salgo de la habitación. Mi marido sigue dormido ajeno a todos los sueños.
Ha pasado un día entero durante el cual he escuchado varias veces los mismos cortes con la entrevista al político y esto me ayudaba a recordar lo soñado, y no sé qué me extrañaba más o qué me daba más risa o qué me parecía más estúpido e increíble.
Al final opté por contar lo que he soñado antes de que todo cayera en el olvido. Para no olvidar nunca que tanto mi marido como el señor Zapatero son dos tunantes mentirosos que solo saben jugar a base de faroles mientras echan balones fuera del área. Lo escrito permanece, y si se cuelga en internet no hay escapatoria para el sueño.

viernes, 10 de septiembre de 2010

LA RASCADA




En repetidas ocasiones me he percatado de la soltura, impunidad, descaro y sangre fría con que se rascan los hombres en la entrepierna. Sin disimulo, sin cortapisas, con descaro, sin mirar a ningún lado especialmente, se echa la mano a los centros y se mueve las glándulas genitales ajustando el paquete a su hueco, o se rasca porque le pica, o se coloca bien un vello que quedó enredado entre la maraña. A veces va caminando, a veces permanece quieto mientras habla con un compañero, en ocasiones está apoyado en la barra del bar, puede estar en muchas circunstancias, en infinidad de momentos tal vez cruciales e importantes, en la firma de un documento empresarial, en el altar ante el cura para casarse, o simplemente caminando por la calle, que es el momento más peculiar y el que con más asiduidad puede contemplarse. Que de hecho es el más común y observado por una servidora.
Al hacer estos movimientos de ajuste o desenredo, el hombre no se percata de que es observado, y si lo hace le da absolutamente igual, pasa de ello, no enrojece ni cambia la mirada si la ha cruzado conmigo. Coloca bien el pantalón, estira la pierna para que el acomodo se realice con la mayor naturalidad, y a otra cosa mariposa.
A todo esto yo enrojezco como un tomate, no sé dónde meter el bolso, cómo colocar las manos, tras qué sonrisa ocultar mi turbación ni hacia dónde dirigir mi mirada. Hoy, el hombre estaba tomando unas cervezas en compañía de otros amigos, y con la misma naturalidad con que se lleva a la oreja un palillo de dientes usado, se rasca en la entrepierna con un ostentoso movimiento, con la misma naturalidad que grosería.
Y yo me preguntaba si quien le daba al gesto una importancia que no tenía era yo, quien veía el acto cotidiano de aliviar un picor o encajar una arruga molesta en la piel, deformado y convertido en una intención grosera, era yo. Pero creo que por mucho que trate de pensar que mi asombro es exagerado, no puedo dejar tampoco de admitir que semejante movimiento hecho por una mujer en un lugar público y expuesta a las miradas de posibles testigos, levantaría hacia ella todo tipo de comentarios obscenos, lascivos y lujuriosos. Posiblemente entre risas alguno se estaría planteando una escena pornográfica (con ella como protagonista si estaba lo suficientemente buena, claro).
Porque para ellos, hasta la ordinariez de una rascada en lugares sagrados, requiere de una moza con atributos de diosa. Porque si no es así, la rascada no merece la pena ser visionada.

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lunes, 30 de agosto de 2010

PRELIMINARES




Alberto se miró en el espejo colgado de la pared del cuarto de baño. Se lavó los dientes y se enjuagó con precisión y fuerza. Abrió la boca comprobando que sus dientes estaban bien limpios, acercó la cara al cristal y detuvo el dedo índice cerca del ojo derecho, por encima del pómulo, y estiró la piel hacia abajo descorriendo las arrugas. Se mojó con saliva el dedo corazón y restregó con él varias veces las cejas rebeldes que seguían creciendo hacia arriba desobedeciendo la ley de la gravedad imperante para los otros elementos de su cuerpo. Volcó vaho sobre el cristal y describió la forma de un corazón.
Esperaba a alguien que se retrasaba y se diría que se entretenía haciendo tiempo. Alberto se incomodaba y perdía un poco la paciencia. Golpeaba suavemente con la mano abierta el muslo de su pierna derecha como si acompañara las notas de una canción que no se oía. Se sentó en la cama y se echó hacia atrás pero se incorporó rápidamente, como si no quisiera que quien llegara lo encontrara en aquella actitud relajada y ofreciendo confianza. Se puso bien el pantalón alisando la tela por las rodillas, sacudió una invisible mota alojada en su hombro derecho, sacudió un pie en el aire, aquél ligero tic que siempre aparecía cuando estaba nervioso y que nunca dominaba. Se quitó la chaqueta, la dobló cuidadosamente y la dejó a los pies de la cama. Estornudó, y en su cara se reflejó la contrariedad. Otra señal que solo él conocía. Lo único que evidenciaba su preocupación, su inquietud o su miedo.
Ahora sí se tendió en la cama con cuidado, adoptando una posición completamente recta, formal. Los pies calzados con zapatos negros y brillantes, manteniendo la misma inclinación hacia los lados, la cabeza apoyada en la almohada, la barbilla elevada en su actitud más digna y orgullosa. Cruzó los dedos de las manos y las dejó caer reposadamente sobre el pecho, y solo cuando estuvo absolutamente seguro de que todo estaba bien, cerró los ojos y se oyó suspirar a sí mismo. Recordó que no se había persignado.
Un momento después oyó una puerta al abrirse y escuchó una voz que susurraba pausada y quedamente, “con algunos qué fácil es hacer las cosas bien, que poco trabajo me dan los pobrecitos…”
Después ya no sintió nada más que frío.