el amor es el único y último recurso que nos queda para salir ilesas de la vida

EL AMOR ES EL ÚNICO Y ULTIMO RECURSO QUE NOS QUEDA PARA SALIR ILESOS DE LA VIDA

En mi casa había un libro. A decir verdad, había tres


Hay versos que se escriben cuando se han acabado las palabras.

domingo, 26 de septiembre de 2010

EL TREN. (lA LIBERTAD, EL SUEÑO. EL REFUGIO)


Me siento a mirar desde la acera cómo los pasajeros van marcando el paso camino de la estación, con prisas o indolencia, dependiendo del horario en su reloj, del tiempo que le queda para la partida. La estación queda cerca. Apenas veinte pasos y comienza la rampa de acceso y después de aquello, la libertad. El sueño. O el refugio.
Yo una vez perdí el tren. Lo vi alejarse y creí que me huía, que no quería entretenerse en subir conmigo cuesta alguna. Después secundé a menudo aquél acto de verlos pasar sin insistir en subirme a ellos, pensando que así burlaba la espera de los trenes y de paso me vengaba de ellos por aquélla vez que me dejaron en tierra, agitando un pañuelo de desesperanza.

martes, 21 de septiembre de 2010

UNA TEORÍA SIN DOCUMENTAR





No necesariamente hemos de tener la teoría desarrollada sobre un tema concreto para hablar sobre ella, exponerla o al menos tratar de llegar a un convencimiento a favor o en contra sobre los principios que decimos mantener.
Jamás me había encontrado pensando en esto que expongo. Nunca se me habría ocurrido plantearme un pensamiento así. Pero ayer, mientras esperaba turno en la consulta del dentista, podía escuchar perfectamente lo que un hombre le decía a otro en voz muy baja, suficiente para ser escuchado por mí. El resto de personas presentes en la sala guardábamos silencio y esto favorecía la perfecta audición de la conversación ajena. En resumen, uno de ellos exponía ante el otro su pensamiento, que no era otro que el convencimiento de que entre los gitanos, los hombres y mujeres de etnia gitana, existía un acuerdo secreto, un pacto, un compromiso no firmado pero escrito en sus leyes, por el que cualquier criatura nacida con una tara física evidente, era inmediatamente eliminado. “No hay registros de sus nacimientos, -decía el hombre- sus mujeres no acuden a los médicos ni a los hospitales a menos que tengan problemas muy graves de salud, siguen dando a luz en el interior de sus caravanas o en sus chozas, en los asentamientos, rodeada de las mujeres viejas de la comunidad que hacen las veces de matronas.”
Yo estaba cada vez más escandalizada, pero hundía la cara en la revista que tenía ante los ojos y no me atrevía a mirar a los demás por temor a que ellos estuviesen en mi misma situación y solo necesitaran mi gesto para intervenir. Aquél hombre estaba diciendo cosas muy graves y sus palabras podían ser motivo a una discusión, si alguno de los presentes se decidía a rebatir sus teorías y plantarle cara. Cosa que no me explico cómo no había sucedido todavía. Evidentemente no se trataba una cuestión entre distintos equipos de fútbol, si no, otro gallo hubiese cantado. Seguía fingiendo mirar mi revista, pero mis oídos estaban atentos a las palabras inéditas que este hombre seguía volcando sobre la cercanía de la oreja del amigo.
El otro no opinaba, pero movía la cabeza admitiendo todo lo que decía su amigo. Se mantenía en una actitud reflexiva, pero asentía continuamente con la cabeza, por lo que se entendía que daba por buenas sus palabras, las aceptaba, o al menos no había necesidad de discrepancia. Yo, cada vez más nerviosa, deseaba que la enfermera los avisase cuanto antes. Me conozco bien y sabía que estaba aguantando demasiado tiempo callada.
Pero la enfermera no aparecía para llamar a nadie y este energúmeno seguía agitando su palabrería, encendiendo la oreja del compañero. Por la capacidad de discurrir rápido y exponer sus ideas con argumentos precisos, daba a entender que tenía el tema muy bien aprendido, que había hecho un extenso discurso sobre la materia, con un discernimiento claro y coherente, con el que se podía estar de acuerdo o no, pero que evidenciaba un claro ejemplo de estudio sociológico en el que al parecer se había empeñado con todo su interés. Seguramente tenía establecidas las bases firmes para dar una extensa conferencia.
Seguía argumentando en estos términos, más o menos:
--…Es que, si te fijas, puede que alguno sea feo, si, pero has visto a muchos cojos? Gitanos cojos, o paralíticos o lisiados de nacimiento no verás a ninguno. Ni ciego. ¡Es que no los hay! –enfatizaba, poniendo todo el ardor de su voz susurrante, silabando y marcando correctamente cada palabra para que pudiera comprenderle bien. Y siguió diciendo:
-- Yo creo que antes de que Hitler inventara aquello de la limpieza étnica, ya los gitanos sabían lo que era cernir la descendencia…
Las barbaridades crecían de intensidad y la voz se le subía de volumen, debido sin duda a la excitación de su argumento. Yo estaba cada vez más encendida y la enfermera no venía a llevarse a nadie. Me planteé salir de la sala, irme y perder la cita, pero mi dentadura no podía permitirse el lujo de otro abandono. Tampoco mi moral, mi ética, mis propios convencimientos estaban por la labor de abandonar la lucha sin entrar en la batalla. ¿Pero cómo hacer para meter baza en aquélla conversación que no iba conmigo? Me preguntaba por qué callaban todos los demás. Se estaban enterando de todo, igual que yo. ¿No sentían nada por dentro? Cerré la revista de golpe y me encontré mirando fijamente al que hablaba, pero ni una palabra salió de mi boca, como si me hubiesen cerrado los resortes que ponen en marcha la voz y la lengua. Pero de pronto me encontré preguntando algo que no esperaba decir nunca.
¿Entonces entre los gitanos no hay subnormales? ¿Está usted seguro?
Y el individuo aquel estaba deseando que alguien metiera baza en el asunto.
--Subnormales profundos, no, no los hay. Cualquiera que haya nacido con un problema mental grave no ha vivido para contarlo.
-- ¿Pero usted como lo sabe? –Yo preguntaba sin indignación, con curiosidad, como si me hubiese convencido y esperase nuevas aportaciones que ratificasen sus teorías-- ¿Havivido usted en sus campamento? ¿Y cómo pueden saber ellos que un niño va a salir ciego o subnormal?
-- No, no he vivido en sus campamentos. Y lo sé porque es muy fácil: un niño con síndrome de Dow es reconocible desde el primer momento. A ese no lo conoce ni la madre. Llevo cincuenta años estudiando esa circunstancia
-- ¿Cómo puede hablar así? Lo que está diciendo es muy grave.
-- Porque lo tengo todo muy estudiado, pero tampoco quiero convencerlo a usted ni a nadie.
Me callé. El tipo siguió dirigiéndose al otro en voz baja y yo miré a los demás de forma involuntaria, y me di cuenta de que no habían perdido detalle, aunque no sabría decir si realmente estaban interesados en el tema o pasaban absolutamente de él. No era posible que entre los seis presentes en la sala, fuese yo la única interesada en aquélla conversación que abordaba un tema tan extraño, pero no vi indicios de que fuese al contrario.
Cuando salí a la calle, todavía mareada y bajo los efectos de la anestesia bucal, sin terminar de acostúmbrame a aquella sensación de tener solo media cara, me encontré buscando entre los transeúntes rostros agitanados, gente que aparentemente tuviese algo que ver con la raza para tratar de descubrirle una tara visible que afeara su cuerpo o su rostro.
Después me encontré paseando por mercadillos, poblados, asentamientos gitanos, lugares que conservaban restos tribales en donde la etnia pudiera mostrar sin ningún tipo de pudor a toda la prole jugando alrededor de una charca de aguas estancadas. Los niños corrían medio desnudos aunque hacía frío, los hombres se agrupaban en racimos fumando y mirándome desconfiados, las mujeres arrojaban el agua sucia de las palanganas salpicándome de barro, indiferentes y con semblantes aburridos. Después me iba y escribía en un diario el resultado de la búsqueda.
“Hoy no hallé nada. Todo es correcto. Ni cojos ni mancos ni tuertos ni locos. Niños sanos y mujeres grasientas, de carnes gordas y apretadas. Hombres de aspectos recios, morenos y fuertes. Alguno algo fumado, pero nada más. Seguiré buscando.”


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EL EXPERIMENTO

Ha habido ocasiones, en las que por la distancia y situación en la que nos vemos dos personas que caminamos, por la longitud y la frecuencia de nuestros pasos, sabemos que uno de los dos ha de detenerse para ceder el paso a la otra, pues de no hacerlo así se produciría un choque entre los dos, y sería inevitable.

No es la primera vez que pasa. Yo voy de frente y otro camina por mi derecha, y antes de llegar a la confluencia del camino, o a la esquina tras la que alguien desaparece, uno tiene que pararse para que el otro pueda continuar. No hay una señal que establezca la prioridad. Solo hay la atención y el respeto que la gente se merece en la calle. Y parece ser que sólo yo conozco mis principios. Me detengo para que dos chicas que vienen por el costado izquierdo no tropiecen conmigo o me arrollen sin más, porque ellas no parecen querer interrumpir su camino, ni cambiar el paso ni modificarlo. Me pregunto si han llegado a verme y me digo que no, porque prefiero decirme eso que creer lo que es en definitiva. Que no les importa nada.

Hoy no he parado. He visto que si alguien no modificaba su paso el tropezón sería inevitable. Y estoy segura de que la otra persona también era consciente de ello. He esperado, creyendo que la otra pararía y me dejaría pasar. He creído que lo haría por varias razones, entre otras, porque soy mayor que ella, porque voy cargada con dos bolsas de compra y en una de las manos además llevo un paraguas abierto porque está lloviendo y temo mojarme. Y porque ya es hora de que el ser humano vuelva a demostrar delicadeza, sentido común, amor al otro. Mierda para mí.

Estaba viendo el porrazo que se iba a originar. Para demostrarme que no estaba viendo lo que iba a pasar, procuré fingirme aturdida por la carga, la lluvia, la incomodidad de mi calzado. Así, una vez que se produjera el encontronazo yo estaría disculpada por no haber estado atenta. ¡A ver, entonces, que decía la otra!

La otra simplemente esperó a que yo la hubiese visto llegar y me detuviera antes para evitar el encontronazo que finalmente se produjo, porque yo, fiel a mis razonamientos, me mantuve firme en mi propósito y no me aparté. Pero me torcí un tobillo. Se rompieron varios huevos de una de las bolsas, se estrujó la lechuga que iba bien fresquita, y parte de la carga de otra se derramó por la acera, simplemente.

La chica siguió adelante. Ni pidió disculpas ni esperó a que yo se las diera o las pidiera a mi vez. Como si no hubiese pasado nada, siguió su camino mascando chicle, hablando con alguien invisible que se mantenía oculto tras su oreja, me miró como si no me viera y ajena a cuanto había sucedido. Nada iba con ella. Creo que ni siquiera sintió el golpe. Es posible que ni siquiera me viese a mí caída en la acera y sujetándome el tobillo, dolorida.

Pero era imposible porque otras personas sí me vieron y yo misma me veía en el escaparate de la panadería que estaba a la derecha y podía comprobar la cara de tonta que se me había quedado. Yo tampoco me dediqué a sacar conclusiones. ¿Para qué? Pero ya no volvería a experimentar de nuevo, de eso estaba segura.

domingo, 19 de septiembre de 2010

ALGUNAS VOLUNTADES



Levantarse temprano, como antes, despertar a los trinos, husmear en los nidos de cigüeñas y correr tras el viento, a ras del viento, persiguiendo estrellas en un campo sembrado de patatas.
Sonreír tal vez por vez primera durante el día y tomar un café negro y bien cargado rebosante de aroma y en la única compañía de una sombra amistosa.
Sonreír tal vez por vez primera durante el día y tomar un café negro y bien cargado rebosante de aroma y en la única compañía de una sombra amistosa.
Duplicar los deseos, por si acaso…
Me llevarás de la mano como a una niña chica que necesita atenciones y sentirse segura para iniciar sus pasos y me dejaré llevar porque seré como una hoja seca y sin voluntad aunque tal vez ande añorando algo que no acierto a comprender de qué se trata…

viernes, 17 de septiembre de 2010

UN DÍA DE LLUVIA

UN DÍA DE LLUVIA LARGO TIEMPO ESPERADO

…Llueve, pero no como en los viejos tiempos en que las estaciones eran cuatro y ninguna escatimaba su eficacia y cumplía a rajatabla su tiempo de trabajo y su hora holgazana. Llueve…







…Y llueve.
Con un cántico hermoso que la memoria ya ni recordaba, insistente y tenaz cae la lluvia ávida de tierras y pantanos, de verdores espesos, de caudales rabiosos, llueve…

…Con imperiosa fuerza la tormenta me tiene acorralada, parapetada detrás de los cristales, y después, con suavidad de caricia embaucadora disminuye el torrente de su ira y llueve mansamente, y conmueve, hasta que al fin sus fuerzas se vienen agotadas sobre mí y sus gotas son como caricias suaves resbalando por los costados de la desgana, activando su carga y poniendo en marcha el engranaje. Todo está listo para comenzar de nuevo.
Y ya no llueve. Fue como una lluvia pasajera que permitió que se calmara el miedo, que descansara el alma y se aplacaran los latidos furiosos que golpeaban con fuerza el pecho, que, como un oleaje de mar embravecido, salpicaba el alma de sudores extraños.
Tuvo una vida breve la lluvia esta mañana. Cuando se fue pudimos ver los desastres causados por la tormenta; ahora solo queda hacerse cargo de los daños, reparar las paredes destrozadas y reforzar los tabiques del corazón por si a la lluvia le da por golpear de nuevo.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

LAS REDES SOCIALES



Yo no tengo amigos a docenas, ni por miles, ni siquiera se pueden contar con los dedos de una mano. Amigos, en la acepción más extensa de la palabra, claro. Amigos de quita y pon, de saludos más o menos cordiales, sí, de esos hay algunos más, pero a estos no podemos llamarlos amigos con todas las letras. Se les llama amigos de forma condescendiente, pero hay que saber que las palabras “amigo”, “amistad”, encierra demasiado como para poder otorgársela a todos los que decimos tener o nos tienen.
Los amigos somos gente honrada. No nos tenemos nada que ocultar. A veces hasta nos sinceramos a base de estupideces porque nuestros amigos nos aguantan. También nosotros aguantamos a nuestros amigos aunque suelten estupideces de vez en cuando.
Lo cierto es que ser amiga de alguien, tal como yo lo entiendo, es muy difícil, harto complicado. Y en estas redes sociales, las amistades se crean como las malas hierbas, con rapidez e indiscriminadamente. Hay quien se jacta de tener cuatro mil amigos en facebook, y lo cierto es que la cifra es importante. Y yo envidio a la gente que es capaz de tener tantos amigos. Yo, como Roberto Carlos, quisiera tener un millón de amigos y todos juntos poder cantar. Pero no tengo nada más que unos cuantos y de esos cuantos, solo media docena, más o menos, son mis amigos. ¿Qué hago con el resto? si apenas los veo, si no los conozco, si no los entiendo, si casi nunca nos saludamos, si pasamos de largo al vernos, si ni siquiera entienden mi forma de razonar (si conocieran mis razonamientos), ¿para qué los mantengo ahí? No cuestan nada, es cierto, pero están representando algo, quieren decir algo, sin embargo eso que dicen y representan no tiene nada que ver con la palabra tan hermosa y tan simple, como es la palabra “amigo”.
Cuando le pedimos a alguno de los que están ahí que sean nuestros “amigos”, parece que estamos jugando en el jardín de infancia. “¿Quieres ser mi amigo?” Si nos da la espalda mientras nos ignora, pensamos, “¡Allá él/ella, él/ella se lo pierde!” Si nos acepta nos sentimos felices, igual que los niños cuando están jugando y se llevan al recién llegado a jugar en su cuadrilla. ¡Menudo triunfo!
Yo también he jugado a llevarme a los amigos de otros, al último que entró en el pabellón de los torpes, al más listo de la clase y al primero de la fila. ¿Pero que hago con ellos después de ver que mis signos astrales y los suyos no se corresponden, que mis ideas políticas y sociales son tan diferentes de las suyas, que somos antagonistas y que por nada del mundo nuestros mundos van a acercarse? Uff, que decepcionante.
Los mundos virtuales, como los reales, han de estar sostenidos sobre las bases de una diferencia que la relación hace casi inexistente, de una amistad que solo se basa en la confianza mutua, de un comportamiento que no se puede deslucir por la simpleza de un razonamiento ambiguo. Es muy difícil mantener este asunto de forma clara en un mundo real, así que en el otro figurativo de las imaginaciones, podemos darlo todo casi por perdido.
Yo aun quisiera saber porqué en internet las cosa son tan diferentes. Sigo esperando una explicación. Pero ya dije en un momento dado que mi reino no es de este mundo. Sin duda es fabuloso, pero me sigue interesando más la gente de carne y hueso. Y los mundos virtuales los dejo para aquélla película tan chula, que hace pocos días, además, vi de nuevo en TCM, “Días extraños”. Me apasiona el tema por lo que tiene de extraño, pero para dar pellizcos prefiero la carne humana.

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domingo, 12 de septiembre de 2010

EL SUEÑO DEL 10.9


Un sueño es algo más que una simple confusión onírica.

Cuando me despertaba esta mañana soñaba algo tan irreal como imposible. ¿Una cosa puede ser irreal y al mismo tiempo posible? ¿Es irreal para un humano y posible para la naturaleza? Un arco iris, una aurora boreal, son cosas que parecen irreales, lo son desde el punto de vista de nuestra simple capacidad de observación, pero son posibles para la naturaleza que los realiza. Del mismo modo algo puede ser posible e irreal. Posible para el sueño; irreal para quien lo sueña.

Pues algo así sucedía en el sueño que tenía al despertar. Era tan sorprendente y al mismo tiempo parecía tan real, que estuve durante horas muy irritada y visiblemente furiosa.
Había mucha gente en una habitación, al parecer se trataba de un velatorio -velorio que dicen por ahí-, y todos estaban sentados en sillas o sofás y tenían caras entristecidas, guardaban un gesto compungido, por lo que deduzco que el muerto debía ser querido. O era solo un paripé propio de los velatorios, y el muerto debía ser un vecino, ya que a todos los presentes nos unía el mismo vínculo de orden vecinal, y no creo que todos tuviésemos que sufrir el mismo dolor por el difunto. Presumiblemente fingíamos la tristeza. No sé quien era el muerto, ni siquiera sé que hubiese un muerto, aunque lo sospechara.
En un momento determinado mi marido se incorpora muy decidido de su asiento y toma en brazos a una señora sujetándola por debajo de los muslos y por encima de la cintura, con la resolución digna de un príncipe y la soltura de una pluma. Debo decir que mi marido es obeso, apenas puede moverse con dificultad y el simple hecho de levantarse del sofá debería haber sido un ejercicio casi imposible, y la señora debía pesar al menos noventa kilos de grasa mas tres o cuatro de joyas colgadas y adheridas a sus manos. Pero a pesar de ello lleva a la vecina en brazos con absoluta ligereza, abre el picaporte de una puerta que está cerrada ayudándose de la mano que está bajo los muslos de la mujer, entran en la habitación y cierra la puerta de una patada.
Después del primer momento de estupor salgo de él y abro la puerta por la que han desaparecido, y ya mi marido está sobre la señora, como si se dispusiera a hacer una tabla de abdominales, y ella muy tiesa tendida en la cama, muy formal y complaciente, y ni se inmuta cuando me ve entrar. Mi marido me mira sin demostrar sorpresa, con absoluta indiferencia, y mientras comienza a desmontarse de la señora tiesa y gorda, va diciendo como si hablara con la pared,
--Nada, aquí a echar un polvete a la señora Teresa.

Justo en ese momento me despierto. No salgo de mi confusión. Es todo tan real, parece tan verdadero y al mismo tiempo tan absurdo, tan fuera de la racionalidad, tan desquiciante, que termino riendo pero aún sin terminar de convencerme de que todo sea un sueño. Pongo la radio como hago cada mañana y está hablando Zapatero, contestando a las preguntas de unos periodistas que le atacan ordenadamente. Meneo la cabeza resignada. Salgo de la habitación. Mi marido sigue dormido ajeno a todos los sueños.
Ha pasado un día entero durante el cual he escuchado varias veces los mismos cortes con la entrevista al político y esto me ayudaba a recordar lo soñado, y no sé qué me extrañaba más o qué me daba más risa o qué me parecía más estúpido e increíble.
Al final opté por contar lo que he soñado antes de que todo cayera en el olvido. Para no olvidar nunca que tanto mi marido como el señor Zapatero son dos tunantes mentirosos que solo saben jugar a base de faroles mientras echan balones fuera del área. Lo escrito permanece, y si se cuelga en internet no hay escapatoria para el sueño.